Cuentos de terror

Foresta

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Es difícil explicar lo ocurrido ese viernes por la noche. Acababa de salir del café —“Arrakis”, creo (como la estrella)—, e intenté, en vano, tomar un taxi hasta mi casa —llovía a cantaros y no había, ni uno, por allí—. Los teléfonos no funcionaban.

Al final, me fui a pie —los autos me empaparon—. Caminé unas 20 cuadras. Estaba oscuro y casi ni podía ver la calle. Los edificios, y las luces, comenzaron a desdibujarse —creo que me desmayé.

Lo que sucedió, después, está lleno de huecos e imágenes un tanto inverosímiles para algunos —la policía asegura que lo inventé—. Yo, no puedo afirmar que no sea cierto —es lo que recuerdo—. Quizás,… ¡quizás, lo aluciné todo! No lo sé —¡le juro que no bebí!…

. . .

…No puedo decir cuánto tiempo estuve inconciente; pero, cuando volví en mí, aún era de noche, o puede que estuviera por amanecer —eso supongo.
Desperté en medio de un bosque —como usted sabe, no hay ninguno cerca.
Una extraña brisa soplaba entre los árboles. Sólo se distinguían algunos tonos oscuros (verdes, marrones y azules). No había estrellas; sin embargo, una rara y tenue luz iluminaba la foresta —muy escasamente, claro.

Sentí una presencia, o varias —debo decir—. Algo, se abalanzó sobre mí. Un frío de hielo atravesó mi cuerpo de lado a lado y se alejó de pronto. No sé que era. Me apoderó el espanto. Quise huir. No sentía mis pies. No fue hasta entonces que me di cuenta: Creí flotar, estando amarrado al suelo con cadenas (ambas cosas al mismo tiempo) —como en un sueño.

Grotescas figuras comenzaron a acercarse y a danzar a mí alrededor. Cada vez más cerca. Quise apartarlas —sólo atiné a mover un poco los brazos de manera desordenada—. No pude ni puedo determinar cuántas eran. No sé si cantaban o si reían. No sé si era una especie de rito lo que presencié. Tampoco, si se trataba de un conjuro ininteligible lo que salía de sus bocas —no recuerdo sus bocas—. Nunca alcancé a ver por completo sus rostros, ni las formas de aquellas sombrías criaturas —no en detalle, al menos.

Los sonidos que emitían lo ocuparon todo. Entré en una especie de trance. Ya no era dueño de mi cuerpo,… ni de mis pensamientos…

. . .

…Nunca probé droga alguna; pero, creo que me sentía así —como drogado.
La cabeza me daba vueltas. Comencé a balbucear frases incomprensibles. Una mezcla de griego y latín —o al menos eso me pareció— con algún lenguaje vulgar, e igualmente antiguo (sajón, tal vez). No sé mucho sobre idiomas ―nada más, me guío por lo que he visto en las películas.

Un extraño sopor me invadió por el transcurso de una hora, o más —eso intuyo—. Sin duda, algo macabro estaba sucediendo y yo había sido elegido para ser parte de ello.

Entre la muchedumbre de aquellos satánicos engendros, un oscuro personaje se destacaba del resto —de su cabeza asomaban ramas—. Me recordó a un macho cabrío —de esos dibujados en los libros de magia negra—. En algún momento, dijo una frase y todos callaron al unísono. Me volví a desvanecer…

. . .

…Como souvenir, sólo tengo esta marca en mi brazo —la ve, ¿verdad? ¿Y usted?—: Este pentágono con esas inscripciones zodiacales —o eso, me parecen.
Así es… ¡He sido marcado por el mismo Diablo! —no son patrañas lo que digo―. Ustedes, no estuvieron allí —no estoy loco—. Tampoco recuerdo haber asesinado a nadie —ignoro por qué mis ropas y mis manos estaban manchadas de sangre cuando desperté—. Es todo lo que tengo para contarles —sólo quiero volver a mi casa—. ¡Yo, no pertenezco aquí, Doctor! ¡Le suplico! ¡Déjeme ir! ¡Déjeme ir!…

. . .

—¡Increíble! Un típico caso donde la mente se ha vuelto completamente desquiciada. El paciente es incapaz de distinguir la fantasía de la realidad. Le faltó mencionar a las hadas y a los duendes para completar el cuadro. ¿Usted que cree?
—¡Salvaje! ¡No entiendo como una persona puede terminar así! Respecto de su esposa: dicen que su cuerpo estaba regado por el patio de su casa y que había sangre por todas partes.
—Es lo que digo: ¡Loco! ¡Completamente loco!
—Es verdad… Aún así…
—¡Cierto! Lo de este pobre infeliz no es; sino, una verdadera tragedia …
—¡No, no, no! Me refiero a un caso muy similar ocurrido veinte años atrás. El hombre se suicidó.
—Por eso, le digo. Tragedia, una verdadera tragedia… Los sacrificios rituales, ya no son lo de antes. Demasiados prejuicios hacen más vulnerables a nuestras victimas. Deberíamos utilizar niños, como en el pasado. A propósito, ¿a qué hora es el partido de fútbol?
—Como a las 22:30hs. ¿Lo veo en el bar de siempre?
—¡Por supuesto! En “Arrakis”,… como siempre.

© Federico G. Rudolph, 2010

Efrith

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En mitad de la noche, el espantoso y alado ser, atravesó (como por arte de magia) la única ventana del cuarto —el que por cierto, se encontraba muy mal iluminado y en deplorable desorden—; en su interior —el Contador del Edificio— le aguardaba desde temprano; —aquí y allá— montones de papeles revueltos por el piso; dos armarios desvencijados abiertos de par en par (cargados de unos pocos libros escritos en lenguas extranjeras), una deslucida mesa con las patas hacia arriba y una vieja y gastada silla (por todo mobiliario) componían aquel patético cuadro. Tras un breve diálogo (donde ambos parecieron entenderse), la alta y grotesca figura le concedió ―al hombre— su deseo. Un segundo después, el horrible rostro del genio se desfiguró macabramente en una amplia y escalofriante sonrisa; el desprevenido individuo (tropezando con la mesa) retrocedió espantado de terror no pudiendo escapar de su propia muerte.

Una gigantesca sombra de maldad invadió la oscura habitación.

El ser se encendió en segundos iluminando el cuarto en su totalidad; su cuerpo entero ardió como lava, quemando la piel, el rostro y los ojos del Contador. De inmediato, El Efrith, arrancó con extrema brusquedad, la cabeza de su víctima; arrojándola —con todo el odio del mundo— a la esquina más apartada del recinto; chocando contra los armarios y haciéndolos estremecer; un libro (escrito en caracteres hebreos), cayó al suelo, quedando extrañamente abierto en una de sus páginas. Rápidamente —la perversa cosa—, desmembró el desdichado cuerpo en mil pedazos; devorándolo, de manera furiosa y salvaje. Sobre los papeles (tirados sobre el piso de madera); y confundida entre ellos, una masa sanguinolenta e inerte, donde no se distinguían ya, ni líquidos corporales, ni órganos, ni carne, ni piel, ni huesos, daban fe del macabro acto ocurrido hacía apenas un instante. El negro ser se esfumó (ahora) por entre las paredes; y no se lo vio más. Sólo la silla quedó en su lugar.

Encerrado en un gran círculo rojo, trazado a mano —en el libro, que quedara abierto sobre el suelo—, un pasaje citaba, tardía; pero, sabiamente lo siguiente: “…aquello que implores con absoluta fe, te será concedido; los espíritus celestiales intercederán por ti ante el Señor tu Dios. No obstante, ¡guárdate de invocarlos y jamás pidas nada para ti mismo! El resplandor de su ser quemará tus ojos y consumida, será, tu carne…”.

© Federico G. Rudolph, 2007

La Tormenta

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Adentro, El Hombre se encontraba nuevamente junto a la ventana, al abrigo de las pocas llamas que todavía quedaban en el hogar al cual ya no alimentaba, escuchando atentamente el incesante soplido, buscando en los sonidos que llegaban a su morada, esperando.

A lo lejos, nuevamente el murmullo del viento traía consigo los vestigios de aquellos aullidos que le atormentaban y que poco a poco, lentamente, consumían su alma.

Afuera, La Criatura, olfateaba, buscaba, y siempre se acercaba más y más. Sin temor, sin miedo, sólo instinto.

– Maldita tormenta. Pensó.
– Sí no hubiéramos encallado hace seis meses. No sé cómo puede durar tanto este viento.

El Hombre, mascullaba, temía, pensaba, quizá su fin estaba cerca. Sus amigos, compañeros, no habían podido sobrevivir.

– Es astuta, muy astuta. Primero eliminó a los más débiles, Scott, se había fracturado la pierna y no podía caminar. Luego David, fue su miopía. Y así el resto.

– Ahora me quiere a mí. Acabó con las reservas y después me alejó de la base. Estoy empezando a sentir la fatiga a causa del hambre, aunque todavía tengo suficiente líquido. Debo guardar fuerzas hasta el último momento.

La mente del Hombre trabajaba constantemente, calculando, resolviendo el problema. Mientras, afuera, La Criatura se acercaba, cada vez más y más.
Ahora, el Hombre, podía escuchar sus latidos, olerla, como ella lo olía a él, poco a poco también fue capaz de ver dentro de ella, su mente, sus pensamientos.

– No, no lo lograrás, voy a terminar contigo de una vez, nunca vas a tenerme. Nunca.

Entonces, La Criatura derribó con sus uñas la puerta de madera, la que se quebró indefensa ante su fuerza, brutal, desmedida.

Sin compasión atizó su enorme mano sobre El Hombre, y éste retrocedió, sangrando, pero aún con vida.

La Criatura, desconcertada, avanzó por segunda vez y desplegó sus afiladas garras sobre El Hombre.

El disparo retumbó en medio del bosque, en medio de la tormenta. La Criatura cayó, derribada cuan larga era sobre el piso de madera, sin hacer demasiado ruido. Estaba muerta.

Se acercó, pues, y temeroso, aún, comenzó a auscultarla. Debía de medir no menos de dos metros y medio de altura, su pelaje era más bien oscuro, como de lobo, y los dientes, jamás habría concebido la idea de esos dientes, largos y extremadamente afilados, al igual que aquellas uñas. No podía ver bien su color, el fuego comenzaba a apagarse, marrón o quizá algo negro, no lo sabía con certeza. Eso sí, el temor volvió a su cuerpo luego de que se acercara a su rostro y contemplarlo fijamente. Esos ojos, rojos como el fuego que se debilitaba dejaban ver aún una mezcla de maldad e ira incalculable, inmensa. Jamás olvidaría ese rostro. Espantoso, como la tormenta que soplaba afuera, adentro, en todas partes.

Y de pronto recordó, la puerta estaba rota, la puerta.

Las otras Criaturas se alzaron silenciosamente a su espalda y se disputaron el cuerpo sin vida, como chacales o hienas, desmembrándolo, poco a poco, hasta que sólo quedó un charco de sangre y huesos bañados de rojo, como el fuego que se extinguía.

Cuando acabó el festín, las Criaturas giraron al unísono sus cabezas y penetraron en los ojos del Hombre, pero este ya había cargado el arma y la descargó una y otra vez sobre ellas.

Los disparos retumbaron nuevamente en medio del bosque, pero la tormenta ya se había ido, quien sabe cuando.

El viento cesó, el silencio inundó el cuarto y el Hombre partió hacia fuera, no se detendría hasta alcanzar la nave que le había llevado a ese lugar de desolación y crueldad insospechada. La nave estaba reparada hacia meses, pero no podían partir hasta que el viento, la tormenta, acabara.

No se detuvo, no sabía lo que el fin de la tormenta depositaría en el camino, la senda que le regresaría nuevamente a su casa, su familia, la seguridad de los suyos.

Avanzo, y avanzó, corriendo, hacia la libertad, la nave.

A lo lejos, alcanzó a vislumbrar la cúpula transparente. Habían pasado horas, minutos, segundos, no podía establecerlo exactamente. Ningún peligro se había presentado en su carrera.

Faltaban metros, centímetros, milímetros para alcanzar la puerta; y entonces, lo sintió sobre su cabeza, sus ojos, sus manos descubiertas: el frío. Los copos de nieve empezaban a caer nuevamente, otra vez la tormenta; y antes de que alcanzara a abrirla, el viento se cernió con furia sobre él, impidiendo que escapara, que huyera. Y con la nieve y el viento y la tormenta: otra Criatura.

Cargo su arma y esperó. El fin del Hombre, o de La Criatura estaban cerca.

© Federico G. Rudolph, 2000