Cuentos de terror

El Mal reflejado

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Finalmente, ha llegado la hora. No me queda sino dejar constancia escrita de los hechos y las circunstancias que me llevan a tomar esta decisión tan terrible. Lo he sopesado profundamente una y otra vez casi hasta el infinito. No encuentro otra salida más decorosa para acabar de una vez por todas con esta situación que a lo largo de estos últimos seis meses se ha tornado completamente insostenible para mí y que, de continuar, haría que arrastrase conmigo a la persona por la que he llegado a sentir el mayor de los afectos, la mayor de las pasiones, en esta corta y tortuosa existencia: mi querida y amada Helena. He temido hablar con mis amigos y allegados sobre este tema que me ha aquejado profundamente durante todo este tiempo para evitar a toda costa el que intentaran detenerme. De ningún modo, ¡puedo permitírselos! En un principio, creí que no existía manera alguna de cambiar mi destino y que, de una u otra forma, me vería precipitado, inexorablemente, hacia los abismos más oscuros en los que un hombre, cualquiera, puede llegar a caer -presa de sus instintos-, al dejarse arrastrar por aquellos deseos profanos y prohibidos, que asolan el alma de todos nosotros, y de todo aquello que la sociedad pretende alejarnos, para -como decirlo- protegernos de sus consecuencias (por pecaminosos, nefastos y no menos vergonzoso y mezquinos); sobre todo, en mi caso, tratándose de un personaje público, tal y como lo he sido -o debería decir, como lo soy todavía.

Antes de relatarles lo sucedido, me veo en la obligación de aclararles que he leído innumerable cantidad de libros y cuanto material ha llegado a mi mano, tratando de buscar otra solución, menos dolorosa; pero, igualmente efectiva. Nada hallé. Ni siquiera un fragmento, una mención, una metáfora respecto del mal que asecha a mi puerta a toda hora y desde aquella noche, en la que le vi por primera vez, reflejado en la ventana de mi habitación -la única, de mi casa, que da a la calle- y que es parte de la mansión que -como todos ustedes saben- se halla ubicada en el centro de la ciudad, hogar de mi familia paterna desde hace por lo menos, cuatro o cinco generaciones atrás.

Retornando al hilo de mi historia, debo agregar que recorrí bibliotecas enteras en busca de aquella posible, probable, apetecida, nota que diera con el secreto para acabar con esta iniquidad, producto de lo que -si hoy tuviera que definirlo- pareciera una tontería o incluso una circunstancia completamente inverosímil, como yo mismo creí: un hecho imposible inventado por mi mente (alguna especie de alucinación o fantasía). Un fantasma demoníaco y tangible, hecho de mi propia carne y espíritu.

Al principio, no logré reconocerle, a pesar del familiar parecido con un tío por línea materna -o eso pensé- que solía vivir en los barrios bajos de la ciudad, muy venido a menos y que hubo perdido toda su fortuna debido a su manía por los juegos de azar y del que no supe más nada desde mi niñez. Cuando aquel personaje se presentó esa primera vez, reflejado en la ventana de mi cuarto -tal como lo dije- tardé un tiempo considerable en comprender que la semejanza que, yo, le atribuía tenía más de común conmigo mismo que con otros parientes de mi estirpe. En realidad, podría decirse que se trataba de un gemelo mío, un tanto encorvado, enjuto, y hasta algo feo -quizás, más bien, deforme- y siniestro. Aún así, no dejo de afirmar que se trataba de un simulador, un embaucador, ¡un despiadado imitador!, tratando de hacerse pasar por este humilde servidor suyo; utilizando su similar aspecto con mi persona para cometer las más atroces fechorías, mancillando mi figura (hasta ahora, intachable), quien nada ha tenido que ver con los crímenes perversos y sádicos que, él, ha cometido -varios robos, de los que he sabido, aborrecibles torturas y más de un cruel asesinato; los cuales se me atribuyen en su conjunto.

Su apariencia de un ser inferior, en figura y presencia, no era; sino, otro de sus inefables artificios; sin duda alguna, una forma cínica de burlarse de mí y de ocultar sus verdaderas intenciones hacia la sociedad. Señalo esto; pues, últimamente y con total desparpajo, se ha hecho pasar por quien les escribe sin notársele esa deformidad, ni desarreglo alguno, tan característicos suyos y de los que acabo de dejar constancia. Muy por el contrario, en nada se diferencia de mí, ni siquiera en su mirada.

De esta forma –aparentando lo que no era-, se ha reído por completo de aquel al que pretende reemplazar; mientras, bajo la protección de las sombras de la noche, ha desatado –hasta hoy, ¡ya no más!- su furia y malevolencia descontroladas, cargándome con sus crímenes. La policía está a mi puerta y antes de que atraviesen el umbral –cuando logren derribarla-, habré de dar fin a mi vida. Intuyo que la existencia de este extraño ser está ligada firmemente a la mía, y que la única manera de acabar con sus diabólicos planes es a través de mi propia muerte. Por ello, confío que comprenderán la razón por la cual he bebido del veneno que habrá de acabar con mis desgracias (impidiendo otras) y que detendrá esta serie de asaltos y asesinatos sin sentido que asolan a nuestra ciudad en estos fatídicos días y desde hace unos meses –tal como he relatado.

Por un momento, consideré la posibilidad de imitar a mi imitador y ceder ante los mismos e inmorales actos que, él, había cometido. Una forma de aceptar mi condena y responsabilizarme por sus fechorías. No pude hacerlo. Él, lo supo. De alguna manera, su mente está conectada intrínsecamente a la mía y es capaz de leer hasta el más profundo de mis pensamientos. Es así que me invitó una noche para que lo acompañara mientras disfrutaba en el intento de violar a una muchacha a la cual llevó con artilugios  hasta un hotel cercano donde había alquilado temporalmente una habitación, mientras yo miraba impávido desde fuera sin atreverme a ingresar a la escena de semejante maldad. Por supuesto, cuando salí de mi estupor traté de impedírselo. La joven -que no pasaría de los diecinueve años de edad- creyó que yo era su cómplice. En la confusión, logró zafar de su atacante, no sin antes dejarme la marca de sus uñas en la mejilla en su intento por huir de allí. Sin lugar a dudas, ella ha sido quien me ha denunciado ante la justicia. Positivamente, este acontecimiento, me ha servido para descubrir su secreto -el de mi “alter ego”-: Su rostro fue marcado al igual que el mío.

Al haberlo descubierto, temo porque, ahora, su objetivo no sea otro que ocupar cada espacio de mi vida y reemplazarme definitivamente. De no ser así, temo, por igual, que su objetivo sea llegar hasta mi amada –mi tesoro más preciado-, aprovecharse de ella e infringirle el mayor de los daños, cargándome con sus culpas y responsabilizándome de todas sus acciones.

No he de perder tiempo. Mientras espero el inminente desenlace -que yo mismo me he procurado-, no dejo de pensar por qué no se ha  presentado para impedírmelo. ¿Acaso se ha cansado de esta licenciosa existencia? ¿O será que no me ha creído capaz de beber de la pócima que he preparado? ¿Estará, el veneno, haciendo efecto en su organismo al igual que en el mío? Ya comienzo a sentir como recorre mis venas y como mis músculos comienzan a contraerse y retorcerse. El intenso y agudo dolor en mi vientre, que me obliga a arrojarme al suelo y a adoptar una posición casi fetal -sin embargo-, me sabe como la miel de los dioses al saber que enviaré a los infiernos al propio Satán… Comienza a nublárseme la vista y ya casi ni escucho los golpes de la autoridad contra la puerta, ni los reclamos de los vecinos que comienzan a agolparse al frente de mi vivienda. -¡Asesino! -gritan desde fuera-. Con mi último aliento (la pluma ha resbalado de mi mano, hace rato), escucho entre la multitud una voz conocida, extrañamente conocida -¿quizás la mía?- que enciende aún más la furia de la gente y mi propia furia, para el desconsuelo y la desesperación de mi alma por toda la eternidad: -¡Atrápenlo! ¡Que se haga justicia! ¡Ha matado a su prometida!… 

© Federico G. Rudolph, 2011

La Casa

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Desde niño me provocó miedo su cercanía, el recorte de su silueta sobre las paredes de las otras casas durante las últimas horas de la tarde, sus muros enmohecidos, sus ventanas sangrantes de óxido y vieja pintura roja, su chimenea amenazante, sus vidrios opacos, deslucidos (alguno que otro roto), su abandono de años. Una vez traté de sacarme ese miedo primordial que estremecía mi ser desde la punta de mis pies, hasta la parte alta de mi nuca, donde se me erizaba el cabello. Un incierto y profundo terror que aumentaba incesantemente a medida que me acercaba al terreno donde se erigía La Casa. Fue, pasando mis diecinueve años de edad (la edad en la que uno pierde muchos de sus miedos), que me atreví a desafiarla. Me armé de valor y cruce el cerco, allí, por donde no crecía mata ni arbusto alguno. Inconcientemente, levanté un ladrillo, caído junto a la puerta de madera marrón, desvencijada, carcomida por todas partes. Tomé aire unos segundos y deposité por un momento el ladrillo en el suelo. Empujé la puerta con todas mis fuerzas; abriéndola de par en par recién al tercer intento, como si algo no quisiera que yo entrara. A pesar del dolor en el hombro izquierdo, debido a la magulladura que sufrí al intentar derribarla, decidí continuar adelante y enfrentar mi miedo más temible. Recogí nuevamente el ladrillo y atravesé el dintel… Una fuerza sobrehumana me empujó hacia el exterior. Antes de caer, otra o la misma fuerza, me arrastró nuevamente hacia adentro, hacia la absoluta, tenebrosa, oscuridad de La Casa. Una boca enorme, plagada de miles de dientes puntiagudos y putrefactos, se abrió inconmensurable dispuesta a devorarme sin piedad. Comencé a golpear a todas partes con el ladrillo. Al final, lo arrojé en medio de aquellas siniestras fauces. Sólo tuve un segundo para zafarme y huir de aquella estancia maldita, evidentemente y alguna vez –o aún hoy-, morada de seres inhumanos, innombrables, imperecederos, inmortales, aterradores, anteriores a todo lo conocido… No he vuelto a acercarme a aquel demoníaco lugar, y eso que han pasado años desde aquel horrible encuentro. Tampoco he de volver a acercarme. Recuerdo muy bien que La Casa me habló desde lo más profundo de aquella oscura y espantosa boca y lo que dijo resuena y seguirá resonando por siempre en mis oídos: -¡Soy el terror! -me dijo-. Y le creí. Aún hoy lo sigo creyendo. Y moriré con ese terror en mis oídos. Un sonido que nadie podrá apagar, ¡jamás!, escondido en mi mente, mi carne y en cada uno de mis otros sentidos…

© Federico G. Rudolph, 2011

Callejón

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Existe en cada callejón no iluminado un pasaje hacia otros mundos (infrahumanos, antiguos, primordiales), donde el terror emerge sin consideración; sobresaltando a quienes se atreve a pasar por ellos. Es en la oscuridad donde se abren los portales que unen nuestra dimensión con los reinos de los dioses que forjaron la tierra y los océanos, antes de todo lo concebido. Así es que, a nadie le gusta atravesarlos…

© Federico G. Rudolph, 2011

Foresta

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Es difícil explicar lo ocurrido ese viernes por la noche. Acababa de salir del café —“Arrakis”, creo (como la estrella)—, e intenté, en vano, tomar un taxi hasta mi casa —llovía a cantaros y no había, ni uno, por allí—. Los teléfonos no funcionaban.

Al final, me fui a pie —los autos me empaparon—. Caminé unas 20 cuadras. Estaba oscuro y casi ni podía ver la calle. Los edificios, y las luces, comenzaron a desdibujarse —creo que me desmayé.

Lo que sucedió, después, está lleno de huecos e imágenes un tanto inverosímiles para algunos —la policía asegura que lo inventé—. Yo, no puedo afirmar que no sea cierto —es lo que recuerdo—. Quizás,… ¡quizás, lo aluciné todo! No lo sé —¡le juro que no bebí!…

. . .

…No puedo decir cuánto tiempo estuve inconciente; pero, cuando volví en mí, aún era de noche, o puede que estuviera por amanecer —eso supongo.
Desperté en medio de un bosque —como usted sabe, no hay ninguno cerca.
Una extraña brisa soplaba entre los árboles. Sólo se distinguían algunos tonos oscuros (verdes, marrones y azules). No había estrellas; sin embargo, una rara y tenue luz iluminaba la foresta —muy escasamente, claro.

Sentí una presencia, o varias —debo decir—. Algo, se abalanzó sobre mí. Un frío de hielo atravesó mi cuerpo de lado a lado y se alejó de pronto. No sé que era. Me apoderó el espanto. Quise huir. No sentía mis pies. No fue hasta entonces que me di cuenta: Creí flotar, estando amarrado al suelo con cadenas (ambas cosas al mismo tiempo) —como en un sueño.

Grotescas figuras comenzaron a acercarse y a danzar a mí alrededor. Cada vez más cerca. Quise apartarlas —sólo atiné a mover un poco los brazos de manera desordenada—. No pude ni puedo determinar cuántas eran. No sé si cantaban o si reían. No sé si era una especie de rito lo que presencié. Tampoco, si se trataba de un conjuro ininteligible lo que salía de sus bocas —no recuerdo sus bocas—. Nunca alcancé a ver por completo sus rostros, ni las formas de aquellas sombrías criaturas —no en detalle, al menos.

Los sonidos que emitían lo ocuparon todo. Entré en una especie de trance. Ya no era dueño de mi cuerpo,… ni de mis pensamientos…

. . .

…Nunca probé droga alguna; pero, creo que me sentía así —como drogado.
La cabeza me daba vueltas. Comencé a balbucear frases incomprensibles. Una mezcla de griego y latín —o al menos eso me pareció— con algún lenguaje vulgar, e igualmente antiguo (sajón, tal vez). No sé mucho sobre idiomas ―nada más, me guío por lo que he visto en las películas.

Un extraño sopor me invadió por el transcurso de una hora, o más —eso intuyo—. Sin duda, algo macabro estaba sucediendo y yo había sido elegido para ser parte de ello.

Entre la muchedumbre de aquellos satánicos engendros, un oscuro personaje se destacaba del resto —de su cabeza asomaban ramas—. Me recordó a un macho cabrío —de esos dibujados en los libros de magia negra—. En algún momento, dijo una frase y todos callaron al unísono. Me volví a desvanecer…

. . .

…Como souvenir, sólo tengo esta marca en mi brazo —la ve, ¿verdad? ¿Y usted?—: Este pentágono con esas inscripciones zodiacales —o eso, me parecen.
Así es… ¡He sido marcado por el mismo Diablo! —no son patrañas lo que digo―. Ustedes, no estuvieron allí —no estoy loco—. Tampoco recuerdo haber asesinado a nadie —ignoro por qué mis ropas y mis manos estaban manchadas de sangre cuando desperté—. Es todo lo que tengo para contarles —sólo quiero volver a mi casa—. ¡Yo, no pertenezco aquí, Doctor! ¡Le suplico! ¡Déjeme ir! ¡Déjeme ir!…

. . .

—¡Increíble! Un típico caso donde la mente se ha vuelto completamente desquiciada. El paciente es incapaz de distinguir la fantasía de la realidad. Le faltó mencionar a las hadas y a los duendes para completar el cuadro. ¿Usted que cree?
—¡Salvaje! ¡No entiendo como una persona puede terminar así! Respecto de su esposa: dicen que su cuerpo estaba regado por el patio de su casa y que había sangre por todas partes.
—Es lo que digo: ¡Loco! ¡Completamente loco!
—Es verdad… Aún así…
—¡Cierto! Lo de este pobre infeliz no es; sino, una verdadera tragedia …
—¡No, no, no! Me refiero a un caso muy similar ocurrido veinte años atrás. El hombre se suicidó.
—Por eso, le digo. Tragedia, una verdadera tragedia… Los sacrificios rituales, ya no son lo de antes. Demasiados prejuicios hacen más vulnerables a nuestras victimas. Deberíamos utilizar niños, como en el pasado. A propósito, ¿a qué hora es el partido de fútbol?
—Como a las 22:30hs. ¿Lo veo en el bar de siempre?
—¡Por supuesto! En “Arrakis”,… como siempre.

© Federico G. Rudolph, 2010

Efrith

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En mitad de la noche, el espantoso y alado ser, atravesó (como por arte de magia) la única ventana del cuarto —el que por cierto, se encontraba muy mal iluminado y en deplorable desorden—; en su interior —el Contador del Edificio— le aguardaba desde temprano; —aquí y allá— montones de papeles revueltos por el piso; dos armarios desvencijados abiertos de par en par (cargados de unos pocos libros escritos en lenguas extranjeras), una deslucida mesa con las patas hacia arriba y una vieja y gastada silla (por todo mobiliario) componían aquel patético cuadro. Tras un breve diálogo (donde ambos parecieron entenderse), la alta y grotesca figura le concedió ―al hombre— su deseo. Un segundo después, el horrible rostro del genio se desfiguró macabramente en una amplia y escalofriante sonrisa; el desprevenido individuo (tropezando con la mesa) retrocedió espantado de terror no pudiendo escapar de su propia muerte.

Una gigantesca sombra de maldad invadió la oscura habitación.

El ser se encendió en segundos iluminando el cuarto en su totalidad; su cuerpo entero ardió como lava, quemando la piel, el rostro y los ojos del Contador. De inmediato, El Efrith, arrancó con extrema brusquedad, la cabeza de su víctima; arrojándola —con todo el odio del mundo— a la esquina más apartada del recinto; chocando contra los armarios y haciéndolos estremecer; un libro (escrito en caracteres hebreos), cayó al suelo, quedando extrañamente abierto en una de sus páginas. Rápidamente —la perversa cosa—, desmembró el desdichado cuerpo en mil pedazos; devorándolo, de manera furiosa y salvaje. Sobre los papeles (tirados sobre el piso de madera); y confundida entre ellos, una masa sanguinolenta e inerte, donde no se distinguían ya, ni líquidos corporales, ni órganos, ni carne, ni piel, ni huesos, daban fe del macabro acto ocurrido hacía apenas un instante. El negro ser se esfumó (ahora) por entre las paredes; y no se lo vio más. Sólo la silla quedó en su lugar.

Encerrado en un gran círculo rojo, trazado a mano —en el libro, que quedara abierto sobre el suelo—, un pasaje citaba, tardía; pero, sabiamente lo siguiente: “…aquello que implores con absoluta fe, te será concedido; los espíritus celestiales intercederán por ti ante el Señor tu Dios. No obstante, ¡guárdate de invocarlos y jamás pidas nada para ti mismo! El resplandor de su ser quemará tus ojos y consumida, será, tu carne…”.

© Federico G. Rudolph, 2007

La Tormenta

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Adentro, El Hombre se encontraba nuevamente junto a la ventana, al abrigo de las pocas llamas que todavía quedaban en el hogar al cual ya no alimentaba, escuchando atentamente el incesante soplido, buscando en los sonidos que llegaban a su morada, esperando.

A lo lejos, nuevamente el murmullo del viento traía consigo los vestigios de aquellos aullidos que le atormentaban y que poco a poco, lentamente, consumían su alma.

Afuera, La Criatura, olfateaba, buscaba, y siempre se acercaba más y más. Sin temor, sin miedo, sólo instinto.

– Maldita tormenta. Pensó.
– Sí no hubiéramos encallado hace seis meses. No sé cómo puede durar tanto este viento.

El Hombre, mascullaba, temía, pensaba, quizá su fin estaba cerca. Sus amigos, compañeros, no habían podido sobrevivir.

– Es astuta, muy astuta. Primero eliminó a los más débiles, Scott, se había fracturado la pierna y no podía caminar. Luego David, fue su miopía. Y así el resto.

– Ahora me quiere a mí. Acabó con las reservas y después me alejó de la base. Estoy empezando a sentir la fatiga a causa del hambre, aunque todavía tengo suficiente líquido. Debo guardar fuerzas hasta el último momento.

La mente del Hombre trabajaba constantemente, calculando, resolviendo el problema. Mientras, afuera, La Criatura se acercaba, cada vez más y más.
Ahora, el Hombre, podía escuchar sus latidos, olerla, como ella lo olía a él, poco a poco también fue capaz de ver dentro de ella, su mente, sus pensamientos.

– No, no lo lograrás, voy a terminar contigo de una vez, nunca vas a tenerme. Nunca.

Entonces, La Criatura derribó con sus uñas la puerta de madera, la que se quebró indefensa ante su fuerza, brutal, desmedida.

Sin compasión atizó su enorme mano sobre El Hombre, y éste retrocedió, sangrando, pero aún con vida.

La Criatura, desconcertada, avanzó por segunda vez y desplegó sus afiladas garras sobre El Hombre.

El disparo retumbó en medio del bosque, en medio de la tormenta. La Criatura cayó, derribada cuan larga era sobre el piso de madera, sin hacer demasiado ruido. Estaba muerta.

Se acercó, pues, y temeroso, aún, comenzó a auscultarla. Debía de medir no menos de dos metros y medio de altura, su pelaje era más bien oscuro, como de lobo, y los dientes, jamás habría concebido la idea de esos dientes, largos y extremadamente afilados, al igual que aquellas uñas. No podía ver bien su color, el fuego comenzaba a apagarse, marrón o quizá algo negro, no lo sabía con certeza. Eso sí, el temor volvió a su cuerpo luego de que se acercara a su rostro y contemplarlo fijamente. Esos ojos, rojos como el fuego que se debilitaba dejaban ver aún una mezcla de maldad e ira incalculable, inmensa. Jamás olvidaría ese rostro. Espantoso, como la tormenta que soplaba afuera, adentro, en todas partes.

Y de pronto recordó, la puerta estaba rota, la puerta.

Las otras Criaturas se alzaron silenciosamente a su espalda y se disputaron el cuerpo sin vida, como chacales o hienas, desmembrándolo, poco a poco, hasta que sólo quedó un charco de sangre y huesos bañados de rojo, como el fuego que se extinguía.

Cuando acabó el festín, las Criaturas giraron al unísono sus cabezas y penetraron en los ojos del Hombre, pero este ya había cargado el arma y la descargó una y otra vez sobre ellas.

Los disparos retumbaron nuevamente en medio del bosque, pero la tormenta ya se había ido, quien sabe cuando.

El viento cesó, el silencio inundó el cuarto y el Hombre partió hacia fuera, no se detendría hasta alcanzar la nave que le había llevado a ese lugar de desolación y crueldad insospechada. La nave estaba reparada hacia meses, pero no podían partir hasta que el viento, la tormenta, acabara.

No se detuvo, no sabía lo que el fin de la tormenta depositaría en el camino, la senda que le regresaría nuevamente a su casa, su familia, la seguridad de los suyos.

Avanzo, y avanzó, corriendo, hacia la libertad, la nave.

A lo lejos, alcanzó a vislumbrar la cúpula transparente. Habían pasado horas, minutos, segundos, no podía establecerlo exactamente. Ningún peligro se había presentado en su carrera.

Faltaban metros, centímetros, milímetros para alcanzar la puerta; y entonces, lo sintió sobre su cabeza, sus ojos, sus manos descubiertas: el frío. Los copos de nieve empezaban a caer nuevamente, otra vez la tormenta; y antes de que alcanzara a abrirla, el viento se cernió con furia sobre él, impidiendo que escapara, que huyera. Y con la nieve y el viento y la tormenta: otra Criatura.

Cargo su arma y esperó. El fin del Hombre, o de La Criatura estaban cerca.

© Federico G. Rudolph, 2000