Reinventarse: ¿por qué no reescribir lo que ya está escrito?

El RendarEmpecé a escribir mis primeros cuentos hace algo así como diecisiete años y, desde entonces, no he dejado de hacerlo (excepto por esos períodos en los que uno se ve obligado a ocuparse de subsistir y no hay más remedio que postergar aquello que nos gusta).

Algo en lo que no he podido dejar de pensar en todo este tiempo es que uno va cambiando, mejorando un poco por aquí y por allá a fuerza de practicar y de aprender nuevas técnicas, de adquirir mayo conocimiento y, sin embargo, pareciera que los escritores estamos vedados de cambiar nuestros textos una vez que los damos a luz, es decir, una vez que los publicamos.

Y ocurre que me encuentro aquí, en un curso de corrección de estilo, leyendo la traducción de una famosísima novela, traducción que va cambiando según pasan los años o conforme lo toma una u otra editorial. Lo mejor de todo, es saber que ninguna de estas traducciones es perfecta. Muy por el contrario, adolecen de los errores comunes de cualquiera que no maneja de manera perfecta el español, idioma difícil, si me preguntan (difícil, rico y variado a la vez).

Y, sin embargo, lo cierto es que mis cuentos, tales como los escribí hace más de una década, los veo un poco complicados de leer, con ideas que se repiten, ambiguas o no tan claras, con incoherencias de distinto tipo y con muchos, pero muchos errores gramaticales. Es que en ese momento, escribia como sabía hacerlo, no tan bien (confieso que he mejorado bastante, pero que aún me falta mucho por aprender).

Del primero al último, todos mis textos los he escrito para mí, aún cuando decenas de miles de lectores los hayan leído. Siempre fueron para mí. Por eso, hace mucho, me pregunté: ¿por qué no corregir mis propios cuentos, a medida que pasara el tiempo, para que reflejaran mi crecimiento como escritor y que me siguieran acompañando por el resto de mi vida?

Me pareció que era justo y que si un traductor tenía total libertad al momento de traducir una obra, por qué uno, siendo el propio autor, no podría tener el mismo derecho…

Así que aquí estoy corrigiendo mis cuentos, del primero al último, las veces que haga falta, hasta sentirme satisfecho, recorriéndolos de arriba a abajo en busca de errores, de palabras que puedan sobrar, haciéndolos más llevaderos para mis lectores, en fin, puliéndolos lo más que se pueda. Es que, escribir es fácil, pero corregir… puede llevar un día, un año, una década o toda la vida. Pero también hay que darle un corte a la corrección en algún momento.

Y así, hoy les traigo a mis queridos y fanáticos lectores una nueva versión, corregida y mejorada, de mi opera prima, El Rendar, reescritos uno por uno (algunos con mayores cambios que los otros) mis primeros once cuentos de ficción. Nada más, espero que les guste, que lo lean y que lo compartan con sus amigos.

El Rendar By Federico G. Rudolph (Smashwords Edition – 2016)

Dentro de poco, mis demás obras, corregidas, ampliadas o mejoradas según lo crea necesario.

Federico G. Rudolph

Lee: Corazón de piedra – Cuento

DSCF6560Corazón de piedra

Se decía que su belleza podía hacer vibrar el corazón de la más inmóvil de las estatuas. Quiso comprobarlo, allí, donde abundaban las efigies más imponentes del mundo, última morada de los antiguos y desaparecidos dioses: “El British Museum of London”. Se paseó entre reyes y momias, entre Zeus, Prometeos y Apolos. Recorrió Gales, Tebas, Ur, Benin, Nínive, Tenochtitlan,… Lo hizo a plena luz del día, al tiempo que danzaba en medio del público, vestida de gasas y tules, entre miradas de sorpresa, incomprendida, refulgente y hermosa . . .

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Lee: Miedo innecesario – Cuento

DSCF6554Miedo innecesario

Son increíbles, y de los más inverosímiles, las cosas que se les ocurren a ciertas y determinadas personas cuando dejan vagar su imaginación. Juan era una de esas personas. Le sucedió un domingo, una noche cerrada de verano, como a eso de las 3 de la mañana.

Más temprano, aprovechando que el lunes era feriado, había decidido quedarse hasta tarde en lo de su novia, Juana. Muchas veces, Juan, salía antes del horario de cierre habitual de su taller con tal de pasar más tiempo al lado de su amada. Cualquier excusa le era válida con tal de estar con ella.
Esa noche marchaba muy despreocupado por el costado de la ruta, a paso lento, camino a la residencia de sus padres, adonde él vivía. Una casa ubicada a unos cuatro kilómetros de distancia de allí —o, lo que era lo mismo, un poco más de media hora de caminata.

Había realizado ese recorrido innumerable cantidad de veces y nunca se había topado con nada inusual en el trayecto. Pero esa noche, por algún motivo, observó, cuando, todavía, le faltaba recorrer un kilómetro, para poder llegar a su casa, que el último tramo de la ruta se encontraba sin luces.

Mientras caminaba sintió que el sabor, el calor y la humedad de aquellos labios —los de Juana— sobre los suyos, comenzaba a desvanecerse. Otras sensaciones lo embargaron y embriagaron, transportándolo de un sueño de amor a otro muy distinto, siniestro y espeluznante, dejando volar su imaginación . . .

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Lee: La voz detrás de las paredes – Cuento

DSCF6553La voz detrás de las paredes

Eugenio se encontraba durmiendo en su cuarto, y su cabeza reposaba debajo de la almohada, como era habitual. La frescura de las sábanas se reflejaba en su apacible rostro. Sus pies colgaban fuera de la cama, ayudándole a refrescar su cuerpo ante el suave calor del verano. Era un viernes trece de enero. La Luna se había escondido temprano, y la oscuridad reinaba en la noche.

A las 2:05 de la mañana, una voz que parecía salir de las paredes lo llamó por su nombre:

—¡Eugenio! ¡Eugenio! —Insistió la voz varias veces.

Con los párpados pegados y esa sensación de no poder abrir los ojos como cuando uno quiere despertarse antes de tiempo, Eugenio, trató sin éxito de averiguar quién lo llamaba y de dónde provenía aquella voz apenas conocida, profunda, escasamente perceptible.

Tanteó sobre su mesita de luz queriendo encender el velador. Pero lo único que consiguió fue tirar al piso un bollo de papeles, su celular nuevo, un llavero y un vaso de vidrio vacío que había dejado allí antes de acostarse. Por suerte, la alfombra de la pieza amortiguó el ruido y evito una tragedia. Viendo que no lograba nada, cejó en su intento de encender la luz e, intrigado, y un poco molesto, optó por responder a quien le hablaba:

—¿Quién anda ahí? ¿Papá, eres tú? ¿Pasa algo malo? ¿Qué hora es?

La voz no se hizo esperar:

—¡Eugenio! ¡Soy yo! Tu hermano. Pablo.

—¡Pablo! Pero…, ¡si tú estás muerto! . . .

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Federico G. Rudolph renueva su Página Web

El autor está terminando de actualizar su Sitio Web personal www.federicorudolph.com —el cual ya se puede visitar—, dejando definitivamente de ofrecer en el mismo sus Servicios como Profesional Informático (tal como lo venía haciendo desde hace varios años), para comenzar a presentar, en él, sus libros, cuentos y biografía como Escritor, además de otros textos.

Paso a paso, está subiendo en este espacio virtual todos los libros y cuentos que ha editado a la fecha, y publicando nuevo material —como por ejemplo, los primeros cinco cuentos que integrarán su próximo libro “Cuentos poco conocidos Vol. II”—, dejándolos a disposición de la prensa y de los lectores que quieran ingresar allí.

Así, esta Web pasará a ser el Sitio Oficial del autor. Las actualizaciones y novedades, por otro lado, se las podrá encontrar en las distintas redes sociales (twitter, facebookGoogle+). El perfil profesional del autor, por último, está presente en LinkedIn.

Para comenzar a disfrutar de esta renovada página Web, los invitamos a sumergirse en los mundos fantásticos  de sus cuentos, donde habitan personajes muy humanos y no tanto. Leer los cuentos de Federico G. Rudolph en línea.

Corazón de Piedra

“La belleza, la locura, el terror y el amor se entremezclan en una danza sensual y frenética capaz de conmover al más quieto de los corazones”.

Este relato de terror lo encontrás en “Cuentos poco conocidos Vol. I” que lo podés descargar gratuitamente desde: federicorudolph.bubok.es. Otras antologías que podés descargar desde allí: “El Rendar”, “De Ángeles”, “De amores y de locos”. 41 cuentos fantásticos.

Se decía que su belleza podía hacer vibrar el corazón de la más inmóvil de las estatuas. Quiso comprobarlo allí donde abundaban las efigies más imponentes del mundo última morada de los antiguos y desaparecidos dioses: El British Museum of London. Se paseó entre reyes y momias; entre Zeus, Prometeos y Apolos. Recorrió Gales, Tebas, Ur, Benin, Nínive, Tenochtitlan,… Lo hizo a plena luz del día, al tiempo que danzaba en medio del público, vestida de gasas y tules; entre miradas de sorpresa; incomprendida; refulgente y hermosa.

La música surgió de ninguna parte. Las puertas del museo se cerraron. Los miles de turistas que visitaban las inmensas galerías quedaron atrapados. Se esparció el temor. Las personas comenzaron a gritar y a correr sin sentido de una parte a otra. Ella se movía al son de la música.

Un ruido de lanzas golpeando contra el suelo, de espadas de bronce y acero chocando contra escudos de madera y ruin metal, aturdió a la multitud. Tambores de piedra se unieron a un coro de voces profundas y pétreas. La gente quedó paralizada. La estruendosa y delirante cascada de sonidos aumentó en amplitud y locura.
El miedo postró al público. Presagio del terror que se avecinó inmediatamente sobre ellos. Sólo aquella hembra de ojos y cabellos azabaches, de tez blanca como la nieve, continuó deslizándose por los corredores a la vista de los infortunados que observaban su baile sensual y frenético.

Las estatuas se pusieron de pie y alzaron sus armas. Volvieron a la vida y lucharon ferozmente unos contra otros: Hermanos contra hermanos, príncipes contra reyes, dioses contra dioses y semidioses. Brazos, piernas y cabezas rodaron por doquier. Hombres, mujeres y niños allí presentes sollozaron en medio de la batalla y padecieron aplastados. La sangre manchó los pisos. Aquellos renacidos de la piedra y del bronce pisaron los cráneos y los cuerpos. La desesperación se alzó en un solo grito que quebró el silencio más allá de las paredes del museo. Era el grito de la muerte cerniéndose sobre Londres.

Tezcatlipoca (El Espejo humeante), se alzó en su forma más negra y acabó con todos quienes quedaban aún en pie sin consideración alguna. Estatuas y humanos perecieron por igual. El destructor del mundo derrumbó las paredes del museo y se alzó a la altura de las nubes propagando su odio y su cólera por las calles. La muerte asoló la ciudad. No quedó piedra sobre piedra. Ruinas, sangre y humo fueron las ofrendas de amor del más antiguo y perverso de los dioses dueño de un corazón endurecido como piedra a la más exquisita y atractiva de las mujeres de la tierra. Ella le miró y le sonrió extasiada y complacida: Se decía que su belleza podía hacer vibrar el corazón de la más inmóvil de las estatuas.

© Federico G. Rudolph, 2012