Cuentos de terror

Lee: Corazón de piedra – Cuento

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DSCF6560Corazón de piedra

Se decía que su belleza podía hacer vibrar el corazón de la más inmóvil de las estatuas. Quiso comprobarlo, allí, donde abundaban las efigies más imponentes del mundo, última morada de los antiguos y desaparecidos dioses: “El British Museum of London”. Se paseó entre reyes y momias, entre Zeus, Prometeos y Apolos. Recorrió Gales, Tebas, Ur, Benin, Nínive, Tenochtitlan,… Lo hizo a plena luz del día, al tiempo que danzaba en medio del público, vestida de gasas y tules, entre miradas de sorpresa, incomprendida, refulgente y hermosa . . .

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Lee: Miedo innecesario – Cuento

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DSCF6554Miedo innecesario

Son increíbles, y de los más inverosímiles, las cosas que se les ocurren a ciertas y determinadas personas cuando dejan vagar su imaginación. Juan era una de esas personas. Le sucedió un domingo, una noche cerrada de verano, como a eso de las 3 de la mañana.

Más temprano, aprovechando que el lunes era feriado, había decidido quedarse hasta tarde en lo de su novia, Juana. Muchas veces, Juan, salía antes del horario de cierre habitual de su taller con tal de pasar más tiempo al lado de su amada. Cualquier excusa le era válida con tal de estar con ella.
Esa noche marchaba muy despreocupado por el costado de la ruta, a paso lento, camino a la residencia de sus padres, adonde él vivía. Una casa ubicada a unos cuatro kilómetros de distancia de allí —o, lo que era lo mismo, un poco más de media hora de caminata.

Había realizado ese recorrido innumerable cantidad de veces y nunca se había topado con nada inusual en el trayecto. Pero esa noche, por algún motivo, observó, cuando, todavía, le faltaba recorrer un kilómetro, para poder llegar a su casa, que el último tramo de la ruta se encontraba sin luces.

Mientras caminaba sintió que el sabor, el calor y la humedad de aquellos labios —los de Juana— sobre los suyos, comenzaba a desvanecerse. Otras sensaciones lo embargaron y embriagaron, transportándolo de un sueño de amor a otro muy distinto, siniestro y espeluznante, dejando volar su imaginación . . .

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Lee: La voz detrás de las paredes – Cuento

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DSCF6553La voz detrás de las paredes

Eugenio se encontraba durmiendo en su cuarto, y su cabeza reposaba debajo de la almohada, como era habitual. La frescura de las sábanas se reflejaba en su apacible rostro. Sus pies colgaban fuera de la cama, ayudándole a refrescar su cuerpo ante el suave calor del verano. Era un viernes trece de enero. La Luna se había escondido temprano, y la oscuridad reinaba en la noche.

A las 2:05 de la mañana, una voz que parecía salir de las paredes lo llamó por su nombre:

—¡Eugenio! ¡Eugenio! —Insistió la voz varias veces.

Con los párpados pegados y esa sensación de no poder abrir los ojos como cuando uno quiere despertarse antes de tiempo, Eugenio, trató sin éxito de averiguar quién lo llamaba y de dónde provenía aquella voz apenas conocida, profunda, escasamente perceptible.

Tanteó sobre su mesita de luz queriendo encender el velador. Pero lo único que consiguió fue tirar al piso un bollo de papeles, su celular nuevo, un llavero y un vaso de vidrio vacío que había dejado allí antes de acostarse. Por suerte, la alfombra de la pieza amortiguó el ruido y evito una tragedia. Viendo que no lograba nada, cejó en su intento de encender la luz e, intrigado, y un poco molesto, optó por responder a quien le hablaba:

—¿Quién anda ahí? ¿Papá, eres tú? ¿Pasa algo malo? ¿Qué hora es?

La voz no se hizo esperar:

—¡Eugenio! ¡Soy yo! Tu hermano. Pablo.

—¡Pablo! Pero…, ¡si tú estás muerto! . . .

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Federico G. Rudolph renueva su Página Web

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El autor está terminando de actualizar su Sitio Web personal www.federicorudolph.com —el cual ya se puede visitar—, dejando definitivamente de ofrecer en el mismo sus Servicios como Profesional Informático (tal como lo venía haciendo desde hace varios años), para comenzar a presentar, en él, sus libros, cuentos y biografía como Escritor, además de otros textos.

Paso a paso, está subiendo en este espacio virtual todos los libros y cuentos que ha editado a la fecha, y publicando nuevo material —como por ejemplo, los primeros cinco cuentos que integrarán su próximo libro “Cuentos poco conocidos Vol. II”—, dejándolos a disposición de la prensa y de los lectores que quieran ingresar allí.

Así, esta Web pasará a ser el Sitio Oficial del autor. Las actualizaciones y novedades, por otro lado, se las podrá encontrar en las distintas redes sociales (twitter, facebookGoogle+). El perfil profesional del autor, por último, está presente en LinkedIn.

Para comenzar a disfrutar de esta renovada página Web, los invitamos a sumergirse en los mundos fantásticos  de sus cuentos, donde habitan personajes muy humanos y no tanto. Leer los cuentos de Federico G. Rudolph en línea.

Corazón de Piedra

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“La belleza, la locura, el terror y el amor se entremezclan en una danza sensual y frenética capaz de conmover al más quieto de los corazones”.

Este relato de terror lo encontrás en “Cuentos poco conocidos Vol. I” que lo podés descargar gratuitamente desde: federicorudolph.bubok.es. Otras antologías que podés descargar desde allí: “El Rendar”, “De Ángeles”, “De amores y de locos”. 41 cuentos fantásticos.

Se decía que su belleza podía hacer vibrar el corazón de la más inmóvil de las estatuas. Quiso comprobarlo allí donde abundaban las efigies más imponentes del mundo última morada de los antiguos y desaparecidos dioses: El British Museum of London. Se paseó entre reyes y momias; entre Zeus, Prometeos y Apolos. Recorrió Gales, Tebas, Ur, Benin, Nínive, Tenochtitlan,… Lo hizo a plena luz del día, al tiempo que danzaba en medio del público, vestida de gasas y tules; entre miradas de sorpresa; incomprendida; refulgente y hermosa.

La música surgió de ninguna parte. Las puertas del museo se cerraron. Los miles de turistas que visitaban las inmensas galerías quedaron atrapados. Se esparció el temor. Las personas comenzaron a gritar y a correr sin sentido de una parte a otra. Ella se movía al son de la música.

Un ruido de lanzas golpeando contra el suelo, de espadas de bronce y acero chocando contra escudos de madera y ruin metal, aturdió a la multitud. Tambores de piedra se unieron a un coro de voces profundas y pétreas. La gente quedó paralizada. La estruendosa y delirante cascada de sonidos aumentó en amplitud y locura.
El miedo postró al público. Presagio del terror que se avecinó inmediatamente sobre ellos. Sólo aquella hembra de ojos y cabellos azabaches, de tez blanca como la nieve, continuó deslizándose por los corredores a la vista de los infortunados que observaban su baile sensual y frenético.

Las estatuas se pusieron de pie y alzaron sus armas. Volvieron a la vida y lucharon ferozmente unos contra otros: Hermanos contra hermanos, príncipes contra reyes, dioses contra dioses y semidioses. Brazos, piernas y cabezas rodaron por doquier. Hombres, mujeres y niños allí presentes sollozaron en medio de la batalla y padecieron aplastados. La sangre manchó los pisos. Aquellos renacidos de la piedra y del bronce pisaron los cráneos y los cuerpos. La desesperación se alzó en un solo grito que quebró el silencio más allá de las paredes del museo. Era el grito de la muerte cerniéndose sobre Londres.

Tezcatlipoca (El Espejo humeante), se alzó en su forma más negra y acabó con todos quienes quedaban aún en pie sin consideración alguna. Estatuas y humanos perecieron por igual. El destructor del mundo derrumbó las paredes del museo y se alzó a la altura de las nubes propagando su odio y su cólera por las calles. La muerte asoló la ciudad. No quedó piedra sobre piedra. Ruinas, sangre y humo fueron las ofrendas de amor del más antiguo y perverso de los dioses dueño de un corazón endurecido como piedra a la más exquisita y atractiva de las mujeres de la tierra. Ella le miró y le sonrió extasiada y complacida: Se decía que su belleza podía hacer vibrar el corazón de la más inmóvil de las estatuas.

© Federico G. Rudolph, 2012

La voz detrás de las paredes

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La noche se presta a propósito para lo sobrenatural. Una voz, nacida detrás de las paredes de su cuarto, despertará a Eugenio. ¿Es su hermano muerto quien le habla? ¿Con qué fin quiere despertarlo? ¿Atenderá Eugenio a su llamado?… Descúbrelo en este cuento de horror y misterio. 

Publicado en: La Isla y… La Espina y Cuentos de terror.

Miedo, misterio y muerte

Eugenio se encontraba durmiendo en su cuarto. Su cabeza reposaba debajo de la almohada como era habitual. La frescura de las sábanas se reflejaba en su apacible rostro. Sus pies colgaban fuera de la cama ayudándole a refrescar su cuerpo ante el suave calor del verano de ese viernes trece de enero. La Luna se había escondido temprano y la oscuridad reinaba en la noche.

A las 2:05 de la mañana, una voz, que parecía salir de las paredes, lo llamó por su nombre:

—¡Eugenio! ¡Eugenio! —Insistió varias veces.

Con los párpados pegados y esa sensación de no poder abrir los ojos como cuando uno quiere despertarse antes de tiempo, Eugenio, intentó —sin éxito— averiguar quién lo llamaba y de dónde provenía aquella voz apenas conocida, profunda, escasamente perceptible.

Tanteó sobre su mesita de luz queriendo encender el velador. Lo único que consiguió fue tirar, al piso, un bollo de papeles, su celular nuevo, un llavero y un vaso de vidrio vacío, que había dejado allí antes de acostarse. Por suerte, la alfombra de la pieza amortiguó el ruido y evito una tragedia.

Viendo que no lograba nada, cejó en su intento. Intrigado, y un poco molesto, optó por responder a quien le hablaba:

—¿Quién anda ahí? ¿Papá, eres tú? ¿Pasa algo malo? ¿Qué hora es?

La voz no se hizo esperar:

—¡Eugenio! ¡Soy yo! Tu hermano. Pablo.

—¡Pablo! Pero… ¡si tú estás muerto! ¿Estoy soñando todavía? ¿O es alguna clase de broma? ¡Vamos que no estoy para eso a estas horas de la madrugada! ¿Qué hora es?

—Son casi las dos y diez de la mañana —le respondió quien decía ser su hermano—. Y no es una broma, soy yo, Pablo. He venido a prevenirte.

—¡Prevenirme? ¿De qué?

Eugenio, por fin despierto, buscó de nuevo; encontró la llave del velador y lo encendió. Miró hacia todos lados. No había nadie más que él en ese cuarto. Así y todo, la voz seguía hablándole desde detrás de las paredes.

—No tengo tiempo para demasiadas explicaciones —le dijo el supuesto Pablo—. Estás en peligro. Necesito que vayas al cementerio donde estoy enterrado, abras mi tumba y quites de mi féretro el objeto que el cura acomodó entre mis brazos.

Eugenio no terminaba de convencerse; por lo que le respondió:

—¿Tienes idea de lo que me estás pidiendo? No me imagino cavando una tumba; mucho menos, de noche; menos aún la de mi hermano. ¿Y cuánto crees que me pueda llevar hacerlo? No creo que sea tan fácil…

—No tienes que preocuparte por eso. La tierra está blanda. No te llevará mucho. Toma las herramientas de papá (las que guarda en la cochera): una barreta, un pico y una pala de punta. Con eso debería ser suficiente. Pero, por favor, ¡apúrate!

—…voy a tratar. Aunque todavía no entiendo qué sucede. ¿Cómo puedo confiar que, de verdad, eres tú?

—¿Recuerdas las travesuras que hacíamos de chicos? ¿Esa vez que le rompimos la ventana a Doña Sánchez y dijimos que habían sido otros niños para que no nos retaran? ¿O cuando nos tiramos al lago, en pleno otoño, y casi te ahogas? Por poco no respirabas cuando te saqué. Me asusté mucho. Encendimos una fogata para poder secar nuestras ropas para que los viejos no se dieran cuenta de lo que había pasado. ¿Te acuerdas, Eugenio?

—Es verdad —recordó Eugenio—. Nunca le contamos a nadie. Está bien, haré lo que me dices, aunque no deja de darme un poco de miedo todo esto. ¿Me dirás luego que pasa y sobre qué quieres advertirme?

—¡Claro que sí! Pero primero, ven cuanto antes al cementerio. Si no, podría ser muy tarde…

Convencido de que debía hacer lo que le pedían Eugenio se dirigió a la planta baja de su casa, sacó las herramientas del garaje, las cargó en la camioneta de su padre, abrió el portón tratando de no hacer mucho ruido y se marchó de allí en el vehículo. Llegó lo más rápido que pudo adonde estaba enterrado su hermano.

El sitio le daba un poco de pavor, un sudor frío comenzó a mojarle la frente y la espalda. Las puertas del cementerio estaban abiertas. Entró con la camioneta y la estacionó frente a la tumba que conocía muy bien. Dejo las luces encendidas para poder iluminarse.

Consciente de que el tiempo jugaba en su contra —o eso pensaba—, tomó el pico y la pala, y comenzó a cavar. En efecto, la tierra estaba blanda.

Al cabo de media hora tuvo noción de lo que significaba estar seis pies bajo tierra: “un metro ochenta es mucho”, reflexionó. Recién había avanzado apenas unos treinta centímetros.

Como a eso de las cinco de la mañana se topó con el cajón. Cavó un poco a su alrededor y, cuando vio que asomaban los bordes de la tapa, se detuvo. Buscó la barreta en la camioneta y la usó para abrir el féretro. Los clavos enmohecidos y oxidados crujieron ante el esfuerzo. El ruido que hicieron aquellos mortuorios objetos heló su sangre y erizó hasta el último de sus cabellos: era el quejido de un alma en pena, y no el ceder de la tapa ante la fuerza de la palanca, lo que se escuchaba. Un búho alzó vuelo desde la rama de un árbol cercano y se perdió a lo lejos.

Eugenio temblaba. Podía escuchar el latido de su corazón y cómo se aceleraban sus palpitaciones. “No pasa nada”, se dijo a sí mismo intentando apaciguarse.

Se arrodilló junto al ataúd, abrió la tapa y la apartó a un lado. Allí estaba, su hermano Pablo, tan muerto como la última vez que lo había visto en la funeraria; sólo que más flaco, y cadavérico. Los ojos hundidos en sus  cuencas. Las manos huesudas. El olor a putrefacción, insoportable; aunque a Eugenio no le importaba.

Recordó a lo que había ido allí, y quitó la cruz de plata de entre las manos de Pablo.

Todavía arrodillado, miró fijamente la cruz, y miró nuevamente al cadáver. Era muy distinto de cómo lo recordaba en vida. La barba estaba crecida, al igual que el pelo y las uñas. El color de la piel no era el de una persona viva.

Mientras lo observaba, los ojos de su hermano se abrieron inmensamente, devolviéndole la mirada.

—¡Gracias! —le dijo la voz que, ahora, nacía de detrás de la pared de tierra de aquella fosa recién excavada, y no de la garganta de Pablo.

Antes de terminar de decirlo, el muerto se irguió a medias y abrazó a Eugenio con todas sus fuerzas para no soltarlo; atrayéndolo contra sí, buscando acostarlo contra él. El corazón le palpitaba a Eugenio como nunca; intentó zafarse pero no pudo. Se ahogaba contra el pecho de su hermano. La vida escapaba de su cuerpo sin poder evitarlo. Un pensamiento horrible cruzó por su cabeza: “¡Voy a morir!”, deseaba gritarle a alguien; pero su boca estaba apretada contra la camisa raída. Alcanzó a ver como los gusanos escapaban por un hueco en el cuello de aquellos restos humanos. La idea le pareció espantosa. Las palpitaciones se aceleraron y devino un infarto, ¿o fue porque ya no podía respirar? Como sea. Muerto, él también.

Un temblor, surgido del mismo infierno, sacudió la comarca entera. La tierra recién cavada cayó sobre la tumba hasta sellarla por completo. Ambos, Eugenio y Pablo, tragados hacia las profundidades de lo eterno, de la muerte sin retorno. Despuntó el alba y hubo paz en el cementerio.

Nadie en el pueblo supo, realmente, lo que pasó aquella noche. Algunos de los que vivían allí solían murmurar por lo bajo que no es cierto que no haya que temerles a los muertos; muy por el contrario, son capaces de cualquier cosa con tal de no yacer solos en sus tumbas. Sin compañía, su descanso no puede ser eterno.

Un consejo: Si los muertos te llaman en la noche, ¡no les haga caso!

© Federico G. Rudolph, 2012.

De amores y de locos

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Delirios, y alguno que otro cuento de terror

Delirios, y alguno que otro cuento de terror

Conoce los adelantos y los pormenores de mi última obra:

De amores y de locos.

Un libro que te hará estremecer. Cuentos cortos al mejor estilo de Edgard Allan Poe, H.P. Lovecrat, Stephen King,… con la marca original de Federico G. Rudolph. Relatos y pensamientos donde no faltará el humor, el terror, el misterio y algo de amor.

Con prólogo de Alexander Copperwhite.

Encuentra más información en mis nuevos títulos.

Miedo innecesario

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¿Puede la imaginación hacernos una mala jugada? Juan descubrirá justamente eso al regresar camino a su casa. La noche se presta a propósito para liberar la fantasía y dejar emerger los fantasmas más oscuros que puedan aterrar el alma humana.

Miedo, noche y monstruosEs increíble. Las cosas más inverosímiles se les ocurren a ciertas y determinadas personas cuando dejan vagar su imaginación. Juan era una de esas personas.

Todo sucedió mientras volvía del departamento de su novia, un domingo a las 3 de la mañana. Aprovechando que el lunes era feriado, había decidido quedarse hasta tarde.

Muchas veces, Juan, salía antes del taller y dejaba algún trabajo sin completar con tal de pasar más horas al lado de Juana. Cualquier excusa le era válida.

Caminaba despreocupado por el costado de la ruta marchando a paso lento desde “el centro”, donde vivía Juana —su enamorada—, hasta la residencia de sus padres, ubicada en el pueblo vecino, a unos 4 kilómetros de distancia (un poco más de media hora de caminata).

Era verano. La noche cerrada. Había realizado ese recorrido innumerable cantidad de veces. Por algún motivo, observó que el último tramo de la ruta —el kilómetro que le faltaba recorrer para llegar hasta su casa—, se encontraba sin luces.

Mientras caminaba, el calor y la humedad de aquellos labios —los de Juana— comenzaba a desvanecerse. Otras sensaciones lo embargaron y embriagaron, transportándolo de un sueño de amor, a otro muy distinto; siniestro y espeluznante. Dejó volar su imaginación. Un viento suave, apenas frío, se levantó desde el sur y se escurrió por su cuello —iba de remera de mangas cortas, vaqueros y zapatillas de lona—. Apuró el paso para no resfriarse.

Miró la hora en su celular y vio que faltaba poco para llegar hasta su casa; diez minutos o menos, quizás.

El tiempo pasó, y los minutos le parecieron horas.

“¿Qué está pasando?”, se preguntó.

Acostumbrado a ese trayecto, calculó que ya debería haber llegado a su casa. Algo raro estaba sucediendo.

A esa hora, sólo él transitaba por la ruta. Ni autos, ni nada.

“No entiendo”, se dijo a sí mismo, mientras seguía caminando.

En su cabeza, comenzaron a elucubrarse fantásticos motivos que explicaban su tardanza: ¿Se trataría de un extraño fenómeno de dilatación del tiempo? ¿Tétricas formas lo estarían conduciendo por un camino errado, con el deseo de perderlo en la locura? ¿Se habría dormido mientras caminaba? Tal, era la forma en que pensaba.

Fue entonces cuando sintió nuevamente el viento —ahora, helado— golpeando sobre su nuca. En medio de los soplidos, que empezaron a mecer las ramas de los árboles al costado de la ruta, creyó escuchar un ruido de pasos como acercándose hacia él a medida que avanzaba. De pronto, se detuvo. Giró, en seco sobre sus talones, y nada. Siguió su rumbo, determinado a no parar hasta llegar a su destino. Sin embargo, tres o cuatro veces tuvo que voltearse de nuevo; los pasos se escuchaban cada vez más cerca; se daba vuelta, nadie, nada.

Al pasar debajo de un sauce, sintió que una mano —de finos y largos dedos— lo tomaba del cuello, tironeándolo fuertemente hacia atrás. Quiso zafarse, no pudo. El temor, un temor espantoso, trepó hasta su mente. Un grito estremecedor salió de su garganta. Paralizado, no pudo huir ni atacar. Su corazón se detuvo. Un ardor insoportable le quemó por dentro. El pavor que sentía era tremendo, terrible, inhumano. Como último acto, se tomó del pecho y cayó fulminado.

Desde hacia varias semanas que su mente jugueteaba en su contra cada vez que volvía de lo Juana. Sentía que alguien —o algo— le perseguía. Imaginaba que algún día —esa cosa— terminaría por acercársele lo suficiente como para quitarle el aliento. La sombra de un ahorcado se le había aparecido la otra noche. Yendo para el trabajo, ya con la luz del día, constató que sólo se trataba de una rama de sauce rota, fruto de la última tormenta. El viernes, por ejemplo, creyó escuchar una voz profunda y áspera llamándolo por su nombre. Lo cierto es que nadie más caminaba a esas horas por la ruta. Al llegar a su casa, se reía de las cosas que pensaba.

El domingo, su imaginación —exacerbada como nunca—, le jugó la peor de las pasadas. Un soplo cardíaco sin tratar contribuyó al tremendo desenlace por venir —ocurrido hacía unos instantes.

El lunes nadie podría descubrir qué le había provocado aquel infarto. Juana, lloraba desconsolada.

Si Juan hubiera contado lo que le pasó, el pueblo entero se hubiera burlado de él. Convencido de sí, hubiera asegurado que un monstruo, salido del más horrible de los infiernos, le había perseguido, alcanzado, y arrastrado hacia el fuego eterno. Hubiera dicho que hizo todo lo posible para evitarlo, para no separarse de su amada. Hubiera contado que luchó hasta el último momento, pero que aquél demonio logro vencerlo… Pero claro, él estaba muerto, y era por demás obvio que aquello era imposible. Su miedo había sido infundado. Innecesario.

De habérselo preguntado a sus padres, a Juana, o a cualquier otro lugareño de por allí, su imaginación y su corazón nunca le hubieran traicionado. Juan, aún estaría vivo. Él no lo sabía; pero, en aquel pueblo, en aquella ciudad, los monstruos no tenían permitido deambular por el costado de la ruta…

© Federico G. Rudolph, 2012