DSCF6556Para algunas cosas hay que tener estómago

El sabor de la tortura le sabía tan dulce como una mermelada de ciruela —agria en realidad (aunque él no se diera cuenta)— y los coágulos de sangre, que luchaban desesperadamente por tapar la herida producto del último de los puñetazos recibidos en sus labios, le recordaban su textura. Una sonrisa, ya sin dientes, expresaba una ironía incomprensible para sus captores. Las llagas del látigo en sus espaldas le impedían que pudiera pararse erguido, quitándole altura y orgullo a su figura. Una docena de mechones en el suelo coincidían cual rompecabezas con los espacios vacíos en su cuero cabelludo. Los estertores en su garganta simulaban ser su risa. No quedaba un espacio de piel en todo su cuerpo por golpear, electrizar, cortar, desgarrar o dónde aplicar un poco de dolor . . .

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