La oportunidad que todo periodista quisiera tener: Una entrevista… ¡con La Muerte!

Muerte, humor y sorpresaHacía por lo menos media hora que ambos conversaban ávidamente. El periodista —uno del cual todo el mundo se mofaba, debo decir— no paraba de interrogar a su visita —un sombrío personaje— quien había golpeado las puertas de su casa pasada la medianoche en razón de solicitarle una entrevista. Ante la impresión que le causo tan enigmática figura, le hizo pasar, le invitó a sentarse en la sala y comenzó a lanzarle todo tipo de preguntas antes de darle siquiera tiempo a que se sentara en el sofá —¡no podía esperar!—. La Muerte había golpeado a su puerta y él se imaginó a sí mismo recibiendo un Pulitzer ante la exclusiva —ni los colegas ni lectores del periódico para el cual trabajaba volverían a burlarse de él.

La conversación que se pudo rescatar fue la siguiente —el final de ella, en realidad:

—Y, dígame, ¿cuál es su verdadero nombre?

—Muerte.

—No, no, en serio. El que le pusieron sus padres. ¿Tiene padres, verdad? ¿Todavía viven?…

—El único nombre que tengo es ese —le contestó sin esperar a que terminara la pregunta—. Desconozco de dónde provengo. Sé que he estado por aquí desde mucho antes que ustedes, pero no puedo determinar con seguridad si nací o soy eterno, si tengo padres o si provengo de la nada.

—… bien, bien. Pasemos a otro tema. ¿Alguna afición? ¿Un hobby? ¿Qué le gusta hacer en su tiempo libre?

—No existe tiempo libre en mi oficio. Y no puedo decir que lo que hago sea de mi agrado o no. No tengo sentimientos al respecto. Existo para los demás, no para complacerme a mí mismo.

—Eh, de acuerdo. Por ese camino no vamos a ningún lado. ¿Qué se le dio por concederme esta entrevista?

—El tiempo me ha hecho curioso. Existe un impulso en mi interior que me lleva a conocer a las personas e interactuar ocasionalmente con ellas.

—O sea, ¿le gusta observar a la gente?

—Podría decirse.

—En fin, ¿si tiene un pasatiempos, entonces? ¿Lo podríamos llamar así?

—Probablemente.

—¡Ahora sí nos estamos entendiendo y conociendo! ¡Volvamos al asunto, pues! ¿Cómo me conoció?

—Por los periódicos, por supuesto.

—¡Hombre! ¡Que poco expresivo es usted! ¡Cuénteme más! ¿Qué lo trajo hasta aquí (hasta mi casa)?

—La curiosidad. Es mi motor.

—¿Y qué pensaba encontrar?

—Sólo a usted.

—Pero, ¿qué es lo que ve? ¿Por qué yo?

—Esa es la pregunta que todos me hacen: “por qué yo”.

—¿Y usted qué les contesta?

—Primero los miro fijamente; como, ahora, lo hago con usted.

—¿Y luego?

—Después, trato de averiguar a qué se refieren. Nunca lo sé. Mi curiosidad no se ha visto satisfecha por el momento.

—¡Cuente más, cuente más que esto se está poniendo interesante!

—Nunca sé que contestarles. Además, ellos ya deberían saber por qué estoy allí. Soy La Muerte. Sólo eso. No tengo preguntas que responder. No las que ellos exigen.

—¿Y qué sucede cuando usted se los hace saber?

—Me devuelven la mirada y se quedan esperando, igual, una respuesta.

—¿Y usted que cree que deberían hacer? ¿Qué es lo que espera de ellos?

—Que se queden quietos. Para poder hacer rodar más fácilmente sus cabezas.

—¿Quietos cómo? ¿Así? —preguntó, por último, el periodista, al tiempo que se ponía de pie, adoptando una posición como de estatua, y estiraba lo más que podía el cuello.

—¡Exacto! ¡Así! ¡Justo así! —Le respondió La Muerte a su interlocutor. Y mientras lo decía, y sin moverse del sofá, blandió su hoz, ¡y le cortó la cabeza!

© Federico G. Rudolph, 2012

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