¿Puede la imaginación hacernos una mala jugada? Juan descubrirá justamente eso al regresar camino a su casa. La noche se presta a propósito para liberar la fantasía y dejar emerger los fantasmas más oscuros que puedan aterrar el alma humana.

Miedo, noche y monstruosEs increíble. Las cosas más inverosímiles se les ocurren a ciertas y determinadas personas cuando dejan vagar su imaginación. Juan era una de esas personas.

Todo sucedió mientras volvía del departamento de su novia, un domingo a las 3 de la mañana. Aprovechando que el lunes era feriado, había decidido quedarse hasta tarde.

Muchas veces, Juan, salía antes del taller y dejaba algún trabajo sin completar con tal de pasar más horas al lado de Juana. Cualquier excusa le era válida.

Caminaba despreocupado por el costado de la ruta marchando a paso lento desde “el centro”, donde vivía Juana —su enamorada—, hasta la residencia de sus padres, ubicada en el pueblo vecino, a unos 4 kilómetros de distancia (un poco más de media hora de caminata).

Era verano. La noche cerrada. Había realizado ese recorrido innumerable cantidad de veces. Por algún motivo, observó que el último tramo de la ruta —el kilómetro que le faltaba recorrer para llegar hasta su casa—, se encontraba sin luces.

Mientras caminaba, el calor y la humedad de aquellos labios —los de Juana— comenzaba a desvanecerse. Otras sensaciones lo embargaron y embriagaron, transportándolo de un sueño de amor, a otro muy distinto; siniestro y espeluznante. Dejó volar su imaginación. Un viento suave, apenas frío, se levantó desde el sur y se escurrió por su cuello —iba de remera de mangas cortas, vaqueros y zapatillas de lona—. Apuró el paso para no resfriarse.

Miró la hora en su celular y vio que faltaba poco para llegar hasta su casa; diez minutos o menos, quizás.

El tiempo pasó, y los minutos le parecieron horas.

“¿Qué está pasando?”, se preguntó.

Acostumbrado a ese trayecto, calculó que ya debería haber llegado a su casa. Algo raro estaba sucediendo.

A esa hora, sólo él transitaba por la ruta. Ni autos, ni nada.

“No entiendo”, se dijo a sí mismo, mientras seguía caminando.

En su cabeza, comenzaron a elucubrarse fantásticos motivos que explicaban su tardanza: ¿Se trataría de un extraño fenómeno de dilatación del tiempo? ¿Tétricas formas lo estarían conduciendo por un camino errado, con el deseo de perderlo en la locura? ¿Se habría dormido mientras caminaba? Tal, era la forma en que pensaba.

Fue entonces cuando sintió nuevamente el viento —ahora, helado— golpeando sobre su nuca. En medio de los soplidos, que empezaron a mecer las ramas de los árboles al costado de la ruta, creyó escuchar un ruido de pasos como acercándose hacia él a medida que avanzaba. De pronto, se detuvo. Giró, en seco sobre sus talones, y nada. Siguió su rumbo, determinado a no parar hasta llegar a su destino. Sin embargo, tres o cuatro veces tuvo que voltearse de nuevo; los pasos se escuchaban cada vez más cerca; se daba vuelta, nadie, nada.

Al pasar debajo de un sauce, sintió que una mano —de finos y largos dedos— lo tomaba del cuello, tironeándolo fuertemente hacia atrás. Quiso zafarse, no pudo. El temor, un temor espantoso, trepó hasta su mente. Un grito estremecedor salió de su garganta. Paralizado, no pudo huir ni atacar. Su corazón se detuvo. Un ardor insoportable le quemó por dentro. El pavor que sentía era tremendo, terrible, inhumano. Como último acto, se tomó del pecho y cayó fulminado.

Desde hacia varias semanas que su mente jugueteaba en su contra cada vez que volvía de lo Juana. Sentía que alguien —o algo— le perseguía. Imaginaba que algún día —esa cosa— terminaría por acercársele lo suficiente como para quitarle el aliento. La sombra de un ahorcado se le había aparecido la otra noche. Yendo para el trabajo, ya con la luz del día, constató que sólo se trataba de una rama de sauce rota, fruto de la última tormenta. El viernes, por ejemplo, creyó escuchar una voz profunda y áspera llamándolo por su nombre. Lo cierto es que nadie más caminaba a esas horas por la ruta. Al llegar a su casa, se reía de las cosas que pensaba.

El domingo, su imaginación —exacerbada como nunca—, le jugó la peor de las pasadas. Un soplo cardíaco sin tratar contribuyó al tremendo desenlace por venir —ocurrido hacía unos instantes.

El lunes nadie podría descubrir qué le había provocado aquel infarto. Juana, lloraba desconsolada.

Si Juan hubiera contado lo que le pasó, el pueblo entero se hubiera burlado de él. Convencido de sí, hubiera asegurado que un monstruo, salido del más horrible de los infiernos, le había perseguido, alcanzado, y arrastrado hacia el fuego eterno. Hubiera dicho que hizo todo lo posible para evitarlo, para no separarse de su amada. Hubiera contado que luchó hasta el último momento, pero que aquél demonio logro vencerlo… Pero claro, él estaba muerto, y era por demás obvio que aquello era imposible. Su miedo había sido infundado. Innecesario.

De habérselo preguntado a sus padres, a Juana, o a cualquier otro lugareño de por allí, su imaginación y su corazón nunca le hubieran traicionado. Juan, aún estaría vivo. Él no lo sabía; pero, en aquel pueblo, en aquella ciudad, los monstruos no tenían permitido deambular por el costado de la ruta…

© Federico G. Rudolph, 2012

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