Todo se ve mejor por las mañanas


Abrir los ojos. Despertar. El negro que se escurre entre luces y colores. Amanecer. El trino de los pájaros, el suave murmullo de los árboles mecidos al viento, el calor del sol atravesando las persianas. La mañana. El hambre surgente desde el vientre, carcomiendo las entrañas. Desayunar. Imagino las tostadas calientes sobre la mesa, el aroma del café recién hecho, el cuchillo sobre la manteca, el dulce de ciruelas desbordando por la rodaja de pan tostado. Saborear. Me levanto apresurado. Un fuerte tirón sobre mi muñeca que me arroja sobre el suelo frío, sucio, con olor a rancio. Amanecer. Lo intento de nuevo. Despertar. El ruido de las cadenas arrastrándose junto a mí me recuerdan a los pájaros y a los árboles. La mañana. Abro los ojos y la ilusión que se hace a un lado. La realidad es muy distinta de lo que se sueña. Desayunar. El hambre quema mi estómago. Ya ni cuento los días en que probé una comida de verdad. Un pedazo de pan en la esquina, duro, enmohecido por fuera, lo devoro insaciablemente. Saborear. Un sorbo de agua servido en el cuenco de mi mano, agua sucia y turbia estancada en un jarro viejo y oxidado. Despertar. El ruido de otras cadenas a lo lejos, aquí cerca. Amanecer. Dormir con las mismas ropas día a día. La mañana. Las persianas que se trastocan en rejas apretadas contra el sol que se escurre apenas por una ventana. Desayunar. Una hambrienta camada de gusanos sobre la rodaja de pan enmohecida, los aparto. Saborear. En mi encierro, todo se ve mejor por las mañanas…

© Federico G. Rudolph, 2011