La construcción de la ciudad tardó tanto como lo que duró la vida misma de la cultura que allí se albergaba -desde la llegada de los primitivos desde más allá de las montañas, hasta su total decadencia y extinción, concluida su época de máximo esplendor-, hoy sólo quedan ampulosas ruinas desparramadas por doquier. Otrora se alzaron potentes y excelsos en cada arte, conocimiento y labor, incluida la guerra, la caza, la pesca, la agricultura, la pintura y la literatura (entre muchos otros). Sin embargo, sus libros se escribían en la arena, sus pinturas en los árboles, sus descubrimientos no eran transmitidos de uno a otro, sus logros no fueron grabados en la piedra, sus batallas jamás fueron contadas, no enterraban a sus muertos. Por ello, el misterio de quienes eran, quienes fueron, quienes habrían sido, nunca nos será develado. Nunca, civilización alguna, quiso menos que ésta ser parte de la historia de los pueblos. Siquiera supiéramos su nombre, o su lenguaje, para poder dar testimonio de ella.

© Federico G. Rudolph, 2011

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