El Profesor -que tendría unos sesenta años de edad, pelo cano y un suelto andar- bajó por las escaleras que daban a su bien equipado, pero poco moderno, laboratorio. Se acercó hasta la mesa ubicada en un rincón, se colocó su guardapolvo blanco, y gastado -aquel que usaba todos los días cada vez que descendía a esa parte del edificio, donde pretendía vivir-, escogió unos flamantes guantes de goma que calzó perfectamente en sus manos y se puso unas viejas antiparras para protegerse los ojos. Así vestido, se acercó hasta la máquina ubicada en el centro de la escena (mal iluminada). Constató que todo estuviera en orden,  anotó cifras, apretó botones, se escucharon una serie de “clicks” y, finalmente, bajó la palanca de encendido de aquel extraño aparato.

El disruptor cuántico se puso en funcionamiento y las luces comenzaron a parpadear cada vez más rápido. Un halo, de todos los colores del arco iris, rodeó a nuestro personaje. Sobre las paredes se proyectaron -al azar- las sombras de sus anteriores experimentos -desperdigados por el suelo, por la mesa y en un par de estantes ubicados allí, a propósito.

En menos de un minuto, todo se volvió intensamente blanco. La luz, que emanaba del artilugio, invadió casi todos los espacios imaginables. Se alcanzó a oír un ruido como a chispas y, tanto la máquina como el Profesor, desaparecieron del lugar en medio de la oscuridad, ahora, reinante… Enseguida, alguien bajó el telón mientras el público aplaudía con fervor y verdadero entusiasmo. El artista no volvió a salir -como es costumbre-. Igual, nadie lo esperó. El Teatro quedó vació en menos de lo que canta un gallo.

En efecto, se trataba del final de la  Obra “El viajero cuántico” -de poca monta, debo decir-, que concluía siempre con el desvanecimiento del Profesor y su máquina, y que se venía repitiendo cada fin de semana -desde hacía por lo menos un año- en las instalaciones del viejo Cine del barrio de Chinatown, convertido en un lúgubre Café de día y cutre Teatro de noche. No era muy difícil llegar hasta allí, queda al final de la calle Ritchmon -que como todos ustedes saben, baja hasta el contaminado Río Tenesse de nuestra ciudad-. El gastado empedrado daba clara nota de la dejadez de las gentes que vivían en la cuadra –los barrios siempre son así, un reflejo de quienes los habitan-, famosa por la cantidad de borrachos que dormían tirados en las angostas veredas; aunque, ninguno acostumbraba a molestar a los transeúntes que se dirigían hasta el lugar para tomar algo por las mañanas y las tardes o ver los espectáculos que se ofrecían por las noches -excepto porque estorbaban un poco el paso.

Cabe afirmarque el acto no atraía mucho público. La verdad que no eran más de veinte personas las que lo presenciaron esa noche -la última, que yo recuerde-. Así y todo, fue la mejor de las noches. Y -como dije-, el actor principal de la obra -el único, en realidad- no volvió a aparecer sobre las tablas una vez finalizada. Es más, nunca volvió a aparecer por ningún lado.

Otro, al que tampoco se lo volvió a ver, fue el utilero. Encargado del decorado, de armar y desarmar el entarimado, de asegurar y crear los distintos efectos con las luces y de construir todo lo que habría de verse o utilizarse encima del escenario.

Una vez se bajó el telón, ambos, desaparecieron sin dejar rastro.

¿Los perseguiría algún acreedor o mafioso –dirán ustedes- y tuvieron que salir corriendo sin tener tiempo de despedirse del público? ¿Algún asesino se presentó tras bambalinas y dio fin a ambos –estarán pensando-? ¿El utilero era un criminal famoso y, finalizado el acto, mató al actor y ocultó su cuerpo para escapar rápidamente o para esconderse sin ser visto en alguna parte oculta del edificio hasta que fuera menester salir –se estarán preguntando-? ¿Se volvería cada uno a su casa apurado por alguna circunstancia –coincidentemente, en el mismo momento que acabó la obra- para luego ausentarse los dos de la ciudad, vaya uno a saber por qué?… Preguntas que, seguro, se harán muchos de los que leen este relato… Pues, me temo que no. Cientos de hipótesis como estas trataban de descubrir lo sucedido,… sin éxito. La policía se presentó al otro día a primera hora, ante la llamada que le hiciera el productor de la obra y dueño del edificio. No fue por caridad que acudió a las autoridades y que dio aviso de tan incomprendido suceso; sino que, ambos (utilero y artista) representaban para él una buena parte de sus ingresos semanales y no le caía en gracia quedarse sin aquel espectáculo, que si bien no era muy popular, contribuía sustancialmente a su economía.

Al igual que con cualquier otro misterio no resuelto, sin pruebas ni motivos que lo justificaran, rápidamente, se abandonó la búsqueda y no se habló más del caso.

Qué pasó, entonces –me dirán-. ¡Nada más lógico!, la explicación es muy simple: Ante la poca concurrencia del público a la Obra, el utilero no tuvo mejor idea que construir un modelo más creíble de lo que simulaba ser una máquina cuántica, que sirviera para causar un gran asombro e impacto -logrando que la gente regresara a ver la función y favoreciendo la opinión de los críticos de espectáculos-. Para ello, consiguió un extenso texto –con dibujos, planos y todo- donde se explicaba como armarla. Como no pagó mucho por el libro –y como era de segunda mano y estaba escrito a máquina-, ni se molestó en verificar si se trataba de un ingenio real o ficticio –a estas alturas, se habrán dado cuenta que este tipo de artilugios no son posibles en realidad (¡ni cuernos sé!, qué significado tiene el término “viajero cuántico”, que no es sino una referencia indirecta a esta máquina) y que el utilero no hizo más que servirse de las notas del autor y los dibujos que las acompañaban para fabricar algo bastante parecido con el sólo efecto de contribuir a la Obra de Teatro y causar una mejor impresión en el público. Bastante ingenioso, el hombre, decidió incorporar algunas ideas que revoloteaban en su cabeza en ese momento y hacer que el mencionado artefacto pareciera lo más real posible… ¡Y lo logró! Tal es así que el Profesor, se convirtió en la primera persona en usar este inconcebible medio de transporte –si así puede llamarse-. Sus moléculas se disgregaron y no puedo ni decir a donde fueron a parar -mejor, ¡ni pensarlo!-. Lo mismo que temió el utilero, y por lo cual, huyó cobardemente de la ciudad para no ser localizado nunca más, apenas terminó la función de Teatro.

¡De no ser porque mi cuerpo está como esparcido por todas partes y todavía no logro controlarlo, iría tras él y le daría la paliza de su vida por hacerse el ingenioso y mandarme a viajar en forma de corpúsculos de luz! ¿A dónde diablos se supone que vaya un viajero cuántico? Eso sí, esto de desplazarse en las cuatro dimensiones físicas, no me lo creerían si les cuento: Es, sencillamente, ¡fantástico!

© Federico G. Rudolph, 2011

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