El noveno estado es el del bodisatva, la compasión por los demás; el décimo, el del Buda (la Budeidad), la Iluminación. Existe un tercer estado, por debajo del primero (el de infierno), que puede ser alcanzado por cualquier ser. Por debajo del estado de infierno se encuentra, además, el estado del Oscurecimiento; que no es sino, el infierno eterno -tal como el estado de Buda es el de la felicidad e Iluminación eternas-. Existe otro estado por debajo del nombrado (uno del que nadie quiere saber; al igual que, jamás, nadie nombra al Oscurecimiento) y ese es, el de la no existencia: El cese del karma a través de la extinción del yo. Algunos han logrado la Iluminación. Por encima de ella, se encuentra la divinidad: la unión de mi karma con el karma de cualquier otro Buda, confundidos en un único karma sin karma y separado en muchos yo individuales con la potencialidad de lo infinito, en lo eterno. Así como existe la divinidad, existe la no existencia, completando los trece estados posibles del individuo. Nadie pretende alcanzar la no existencia. Hay una razón para ello: el miedo a no ser de manera absoluta y sempiterna. La mente humana a creado seres que deambulan entre el estado del infierno y el de la ira: súcubos, íncubos, fantasmas, vampiros, zombis, hombres lobo, demonios, monstruos mitológicos y toda clase de no-muertos; espíritus despojados de cuerpo y cuerpos despojados de espíritu. Durante el transcurso de infinitas vidas, he pasado por todos ellos -los cuatro estados inferiores (infierno, hambre, animalidad e ira)-,  adoptando diversas formas, nunca humanas, siempre imperecederas. Durante siglos, en repetidas circunstancias, he sido perseguido, acorralado, atrapado y finalmente destruido, repitiendo la rueda. Mi karma ha retornado a la vida, adoptando formas y estados cada vez más bajos. He decidido salir de este círculo y extinguirme, pues no me espera otra cosa que el infierno eterno (peor que el estado del infierno). He de alcanzar la no existencia y acabar para siempre con mi karma. No me es dado llegar a los estados superiores del ser, ni puedo esperar la eternidad para ello. He decidido que el Superior estado que puedo alcanzar es aquel donde nadie ha llegado aún: el de la no existencia. Habré de pasar primero por el Oscurecimiento (el infierno eterno), antes de poder llegar a él. Seré el primero de los primeros. Siquiera, nadie ha llegado al Oscurecimiento; la rueda del karma nos obliga a salir de los estados inferiores y buscar la Iluminación, por lejana que esta parezca. Además, la eternidad es por siempre. Quien alcanzare la eternidad, nunca debería ser capaz de salir de ella. Así como, el Buda, tampoco sería capaz de alcanzar la divinidad. Llevo miles de vidas estudiando este fenómeno y la forma de arrancar el karma de mi individualidad. Finalmente, he encontrado el medio. He aquí que debo construir el arma capaz de causar el más terrible de los sufrimientos: la muerte de todos los seres de la tierra. De esta forma, sus karmas deberán partir hacia otros mundos (de existir), no pudiendo volver jamás aquí. Al cortar su posibilidad de limpiar su karma antes de su tiempo, habré causado el peor de los sufrimientos. Sin embargo, esto no es suficiente; sólo hará que mi yo alcance el Oscurecimiento, el estado del infierno eterno. Por ello, para alcanzar la no existencia -la Perfección- y destruir mi karma, he de destruir el Universo. 

© Federico G. Rudolph, 2011

N.B.: En mi interés actual por estudiar el Budismo de Nichiren, como parte de mi búsqueda personal, mi mente ha divagado hasta llegar a lugares impensados, preguntándose de alguna forma que hay más allá de lo epxlicado hasta el momento o que otras alternativas existen a lo propuesto. Soy un detractor del pensamiento único y considero que, bajo cualquier circunstancia posible, existen al menos tres formas distintas de alcanzar un mismo fin (1). Este texto, no pretende ser sino una de ellas. Aún así, no deja de ser un simple relato de ficción al que no le interesa ofender ni atacar a nadie ni a nada. Y debe ser tomado de esta manera. Soy un respetuoso de todas las culturas, las religiones y los sistemas de pensamiento (tales como el Budismo), el cual, simplemente, ha servido de base a esta idea. De cualquier modo, no deja de constituirse en una reflexión que, quizás, ningún otro sería capaz de expresar abiertamente.

(1) En este sentido, el número tres es una especie de simplificación del mil uno que encontramos en los relatos árabes, comparable al infinito; más bien, un número inmensamente grande e indefinido.

Anuncios