La estatua de bronce del Caballero Arrodillado se levantó de su pedestal, despojose de su pesada armadura, cruzó los veinte pasos que lo separaban de la esfinge de su rey y cercenó de lleno su pétrea, e insigne cabeza, con formidable y precisa maestría; dejando atónita a la multitud que -por pura casualidad- se hallaba reunida en el lugar de los hechos. Enseguida, agolpáronse todos para apreciar, mejor, aquella incomprensible e irrepetible escena. Antes de volver a su lugar, y de adoptar la misma quietud y posición que le diera el artista -su creador-, la estatua, pronunció -con gravísima voz- lo que consideraba una explicación perfectamente razonable del por qué de su conducta: -Desde hace al menos cuatro siglos que me miraba con incesante y soberano desprecio. No era menester el seguir soportando semejante maltrato.

© Federico G. Rudolph, 2011

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