Ya decidido, camino hasta la cima del peñasco. Desde allí, vislumbró el negro mar, la blanca espuma, las incansables olas rompiendo contra las rocas. Contempló los tenues reflejos sobre el agua, la azulada silueta de la isla apenas recortada sobre la oscura noche. Junto valor y se arrojó al vacío, sin más… ¡No estaba loco!: de una vez por todas necesitaba comprobar si le era posible volar,… ¡y voló!

© Federico G. Rudolph, 2011

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