Despertó, como siempre, en su cama; atravesado su cuerpo por miles de sondas; rodeado de incontables aparatos; con el dolor insoportable de todos los días, hundido en lo más profundo de sus huesos; dolor que sólo se mitigaba cuando conseguía dormir (de a ratos)… Una sonrisa se vislumbro en sus labios (¡El dolor jamás había sido tan intolerable!)… Estaba, ¡más vivo que nunca!

© Federico G. Rudolph, 2011

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