En mitad de la noche, el espantoso y alado ser, atravesó (como por arte de magia) la única ventana del cuarto —el que por cierto, se encontraba muy mal iluminado y en deplorable desorden—; en su interior —el Contador del Edificio— le aguardaba desde temprano; —aquí y allá— montones de papeles revueltos por el piso; dos armarios desvencijados abiertos de par en par (cargados de unos pocos libros escritos en lenguas extranjeras), una deslucida mesa con las patas hacia arriba y una vieja y gastada silla (por todo mobiliario) componían aquel patético cuadro. Tras un breve diálogo (donde ambos parecieron entenderse), la alta y grotesca figura le concedió ―al hombre— su deseo. Un segundo después, el horrible rostro del genio se desfiguró macabramente en una amplia y escalofriante sonrisa; el desprevenido individuo (tropezando con la mesa) retrocedió espantado de terror no pudiendo escapar de su propia muerte.

Una gigantesca sombra de maldad invadió la oscura habitación.

El ser se encendió en segundos iluminando el cuarto en su totalidad; su cuerpo entero ardió como lava, quemando la piel, el rostro y los ojos del Contador. De inmediato, El Efrith, arrancó con extrema brusquedad, la cabeza de su víctima; arrojándola —con todo el odio del mundo— a la esquina más apartada del recinto; chocando contra los armarios y haciéndolos estremecer; un libro (escrito en caracteres hebreos), cayó al suelo, quedando extrañamente abierto en una de sus páginas. Rápidamente —la perversa cosa—, desmembró el desdichado cuerpo en mil pedazos; devorándolo, de manera furiosa y salvaje. Sobre los papeles (tirados sobre el piso de madera); y confundida entre ellos, una masa sanguinolenta e inerte, donde no se distinguían ya, ni líquidos corporales, ni órganos, ni carne, ni piel, ni huesos, daban fe del macabro acto ocurrido hacía apenas un instante. El negro ser se esfumó (ahora) por entre las paredes; y no se lo vio más. Sólo la silla quedó en su lugar.

Encerrado en un gran círculo rojo, trazado a mano —en el libro, que quedara abierto sobre el suelo—, un pasaje citaba, tardía; pero, sabiamente lo siguiente: “…aquello que implores con absoluta fe, te será concedido; los espíritus celestiales intercederán por ti ante el Señor tu Dios. No obstante, ¡guárdate de invocarlos y jamás pidas nada para ti mismo! El resplandor de su ser quemará tus ojos y consumida, será, tu carne…”.

© Federico G. Rudolph, 2007

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