Me enamoré de ti en el instante exacto que, al brillar con tu luz, ocupaste todo el espacio de mi ser. Te creí Dios. Obnubilado quedé con tu presencia. Te amé hasta resplandecer  y llegué a ser tan radiante como tú. Entonces, pude ver tu hermoso rostro, tu esfinge de mujer, tus rizados y largos cabellos, tus alas desplegadas al sol. No eras Dios. Tu espada vengadora cercenó de lleno mi cabeza (perdido en ti). —­­No se puede amar a un ángel —me dijiste (por tus mejillas, ríos de plata lloraban por mí)—, es un pecado en el que has caído más de una vez. Tu vida ya me fue dada en otro tiempo. ¿Por qué lo hiciste; aún, al saber que te esperaba la muerte?—. Con mi último aliento, respondí a tu pregunta—. Es mi destino —te dije—. Estaba escrito en el cielo, en el infierno y aquí en la tierra. Y aún así, te amaría otra vez…

© Federico G. Rudolph, 2007

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