El fogonazo salió de la nada. Apenas un instante después se escuchó el disparo. Un rictus de dolor asomó en su rostro y cayó exánime; estaba muerto. Cuando le abandonó el miedo, abrió sus ojos y se vio, de pie, junto al cuerpo. -Estuvo cerca, -pensó-. A pesar de lo obvio, se arrodilló y le tomó el pulso -nada-. Su piel, aún estaba tibia.

Irguiéndose lentamente, se puso en marcha y se alejó del callejón -cruzando la arteria principal, un farol (apenas encendido), descorría, nimiamente, las tinieblas-. A unos veinte pasos de distancia, detuvo su andar.  -¡Vine solo!, -exclamó para sí-. Giró sobre sus talones y observó -por última vez-, su envoltura mortal.

Desplegó sus alas y voló, más allá del cielo y de la tierra.

© Federico G. Rudolph, 2006

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