Cuentos de terror

Corazón de Piedra

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“La belleza, la locura, el terror y el amor se entremezclan en una danza sensual y frenética capaz de conmover al más quieto de los corazones”.

Este relato de terror lo encontrás en “Cuentos poco conocidos Vol. I” que lo podés descargar gratuitamente desde: federicorudolph.bubok.es. Otras antologías que podés descargar desde allí: “El Rendar”, “De Ángeles”, “De amores y de locos”. 41 cuentos fantásticos.

Se decía que su belleza podía hacer vibrar el corazón de la más inmóvil de las estatuas. Quiso comprobarlo allí donde abundaban las efigies más imponentes del mundo última morada de los antiguos y desaparecidos dioses: El British Museum of London. Se paseó entre reyes y momias; entre Zeus, Prometeos y Apolos. Recorrió Gales, Tebas, Ur, Benin, Nínive, Tenochtitlan,… Lo hizo a plena luz del día, al tiempo que danzaba en medio del público, vestida de gasas y tules; entre miradas de sorpresa; incomprendida; refulgente y hermosa.

La música surgió de ninguna parte. Las puertas del museo se cerraron. Los miles de turistas que visitaban las inmensas galerías quedaron atrapados. Se esparció el temor. Las personas comenzaron a gritar y a correr sin sentido de una parte a otra. Ella se movía al son de la música.

Un ruido de lanzas golpeando contra el suelo, de espadas de bronce y acero chocando contra escudos de madera y ruin metal, aturdió a la multitud. Tambores de piedra se unieron a un coro de voces profundas y pétreas. La gente quedó paralizada. La estruendosa y delirante cascada de sonidos aumentó en amplitud y locura.
El miedo postró al público. Presagio del terror que se avecinó inmediatamente sobre ellos. Sólo aquella hembra de ojos y cabellos azabaches, de tez blanca como la nieve, continuó deslizándose por los corredores a la vista de los infortunados que observaban su baile sensual y frenético.

Las estatuas se pusieron de pie y alzaron sus armas. Volvieron a la vida y lucharon ferozmente unos contra otros: Hermanos contra hermanos, príncipes contra reyes, dioses contra dioses y semidioses. Brazos, piernas y cabezas rodaron por doquier. Hombres, mujeres y niños allí presentes sollozaron en medio de la batalla y padecieron aplastados. La sangre manchó los pisos. Aquellos renacidos de la piedra y del bronce pisaron los cráneos y los cuerpos. La desesperación se alzó en un solo grito que quebró el silencio más allá de las paredes del museo. Era el grito de la muerte cerniéndose sobre Londres.

Tezcatlipoca (El Espejo humeante), se alzó en su forma más negra y acabó con todos quienes quedaban aún en pie sin consideración alguna. Estatuas y humanos perecieron por igual. El destructor del mundo derrumbó las paredes del museo y se alzó a la altura de las nubes propagando su odio y su cólera por las calles. La muerte asoló la ciudad. No quedó piedra sobre piedra. Ruinas, sangre y humo fueron las ofrendas de amor del más antiguo y perverso de los dioses dueño de un corazón endurecido como piedra a la más exquisita y atractiva de las mujeres de la tierra. Ella le miró y le sonrió extasiada y complacida: Se decía que su belleza podía hacer vibrar el corazón de la más inmóvil de las estatuas.

© Federico G. Rudolph, 2012

La voz detrás de las paredes

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La noche se presta a propósito para lo sobrenatural. Una voz, nacida detrás de las paredes de su cuarto, despertará a Eugenio. ¿Es su hermano muerto quien le habla? ¿Con qué fin quiere despertarlo? ¿Atenderá Eugenio a su llamado?… Descúbrelo en este cuento de horror y misterio. 

Publicado en: La Isla y… La Espina y Cuentos de terror.

Miedo, misterio y muerte

Eugenio se encontraba durmiendo en su cuarto. Su cabeza reposaba debajo de la almohada como era habitual. La frescura de las sábanas se reflejaba en su apacible rostro. Sus pies colgaban fuera de la cama ayudándole a refrescar su cuerpo ante el suave calor del verano de ese viernes trece de enero. La Luna se había escondido temprano y la oscuridad reinaba en la noche.

A las 2:05 de la mañana, una voz, que parecía salir de las paredes, lo llamó por su nombre:

—¡Eugenio! ¡Eugenio! —Insistió varias veces.

Con los párpados pegados y esa sensación de no poder abrir los ojos como cuando uno quiere despertarse antes de tiempo, Eugenio, intentó —sin éxito— averiguar quién lo llamaba y de dónde provenía aquella voz apenas conocida, profunda, escasamente perceptible.

Tanteó sobre su mesita de luz queriendo encender el velador. Lo único que consiguió fue tirar, al piso, un bollo de papeles, su celular nuevo, un llavero y un vaso de vidrio vacío, que había dejado allí antes de acostarse. Por suerte, la alfombra de la pieza amortiguó el ruido y evito una tragedia.

Viendo que no lograba nada, cejó en su intento. Intrigado, y un poco molesto, optó por responder a quien le hablaba:

—¿Quién anda ahí? ¿Papá, eres tú? ¿Pasa algo malo? ¿Qué hora es?

La voz no se hizo esperar:

—¡Eugenio! ¡Soy yo! Tu hermano. Pablo.

—¡Pablo! Pero… ¡si tú estás muerto! ¿Estoy soñando todavía? ¿O es alguna clase de broma? ¡Vamos que no estoy para eso a estas horas de la madrugada! ¿Qué hora es?

—Son casi las dos y diez de la mañana —le respondió quien decía ser su hermano—. Y no es una broma, soy yo, Pablo. He venido a prevenirte.

—¡Prevenirme? ¿De qué?

Eugenio, por fin despierto, buscó de nuevo; encontró la llave del velador y lo encendió. Miró hacia todos lados. No había nadie más que él en ese cuarto. Así y todo, la voz seguía hablándole desde detrás de las paredes.

—No tengo tiempo para demasiadas explicaciones —le dijo el supuesto Pablo—. Estás en peligro. Necesito que vayas al cementerio donde estoy enterrado, abras mi tumba y quites de mi féretro el objeto que el cura acomodó entre mis brazos.

Eugenio no terminaba de convencerse; por lo que le respondió:

—¿Tienes idea de lo que me estás pidiendo? No me imagino cavando una tumba; mucho menos, de noche; menos aún la de mi hermano. ¿Y cuánto crees que me pueda llevar hacerlo? No creo que sea tan fácil…

—No tienes que preocuparte por eso. La tierra está blanda. No te llevará mucho. Toma las herramientas de papá (las que guarda en la cochera): una barreta, un pico y una pala de punta. Con eso debería ser suficiente. Pero, por favor, ¡apúrate!

—…voy a tratar. Aunque todavía no entiendo qué sucede. ¿Cómo puedo confiar que, de verdad, eres tú?

—¿Recuerdas las travesuras que hacíamos de chicos? ¿Esa vez que le rompimos la ventana a Doña Sánchez y dijimos que habían sido otros niños para que no nos retaran? ¿O cuando nos tiramos al lago, en pleno otoño, y casi te ahogas? Por poco no respirabas cuando te saqué. Me asusté mucho. Encendimos una fogata para poder secar nuestras ropas para que los viejos no se dieran cuenta de lo que había pasado. ¿Te acuerdas, Eugenio?

—Es verdad —recordó Eugenio—. Nunca le contamos a nadie. Está bien, haré lo que me dices, aunque no deja de darme un poco de miedo todo esto. ¿Me dirás luego que pasa y sobre qué quieres advertirme?

—¡Claro que sí! Pero primero, ven cuanto antes al cementerio. Si no, podría ser muy tarde…

Convencido de que debía hacer lo que le pedían Eugenio se dirigió a la planta baja de su casa, sacó las herramientas del garaje, las cargó en la camioneta de su padre, abrió el portón tratando de no hacer mucho ruido y se marchó de allí en el vehículo. Llegó lo más rápido que pudo adonde estaba enterrado su hermano.

El sitio le daba un poco de pavor, un sudor frío comenzó a mojarle la frente y la espalda. Las puertas del cementerio estaban abiertas. Entró con la camioneta y la estacionó frente a la tumba que conocía muy bien. Dejo las luces encendidas para poder iluminarse.

Consciente de que el tiempo jugaba en su contra —o eso pensaba—, tomó el pico y la pala, y comenzó a cavar. En efecto, la tierra estaba blanda.

Al cabo de media hora tuvo noción de lo que significaba estar seis pies bajo tierra: “un metro ochenta es mucho”, reflexionó. Recién había avanzado apenas unos treinta centímetros.

Como a eso de las cinco de la mañana se topó con el cajón. Cavó un poco a su alrededor y, cuando vio que asomaban los bordes de la tapa, se detuvo. Buscó la barreta en la camioneta y la usó para abrir el féretro. Los clavos enmohecidos y oxidados crujieron ante el esfuerzo. El ruido que hicieron aquellos mortuorios objetos heló su sangre y erizó hasta el último de sus cabellos: era el quejido de un alma en pena, y no el ceder de la tapa ante la fuerza de la palanca, lo que se escuchaba. Un búho alzó vuelo desde la rama de un árbol cercano y se perdió a lo lejos.

Eugenio temblaba. Podía escuchar el latido de su corazón y cómo se aceleraban sus palpitaciones. “No pasa nada”, se dijo a sí mismo intentando apaciguarse.

Se arrodilló junto al ataúd, abrió la tapa y la apartó a un lado. Allí estaba, su hermano Pablo, tan muerto como la última vez que lo había visto en la funeraria; sólo que más flaco, y cadavérico. Los ojos hundidos en sus  cuencas. Las manos huesudas. El olor a putrefacción, insoportable; aunque a Eugenio no le importaba.

Recordó a lo que había ido allí, y quitó la cruz de plata de entre las manos de Pablo.

Todavía arrodillado, miró fijamente la cruz, y miró nuevamente al cadáver. Era muy distinto de cómo lo recordaba en vida. La barba estaba crecida, al igual que el pelo y las uñas. El color de la piel no era el de una persona viva.

Mientras lo observaba, los ojos de su hermano se abrieron inmensamente, devolviéndole la mirada.

—¡Gracias! —le dijo la voz que, ahora, nacía de detrás de la pared de tierra de aquella fosa recién excavada, y no de la garganta de Pablo.

Antes de terminar de decirlo, el muerto se irguió a medias y abrazó a Eugenio con todas sus fuerzas para no soltarlo; atrayéndolo contra sí, buscando acostarlo contra él. El corazón le palpitaba a Eugenio como nunca; intentó zafarse pero no pudo. Se ahogaba contra el pecho de su hermano. La vida escapaba de su cuerpo sin poder evitarlo. Un pensamiento horrible cruzó por su cabeza: “¡Voy a morir!”, deseaba gritarle a alguien; pero su boca estaba apretada contra la camisa raída. Alcanzó a ver como los gusanos escapaban por un hueco en el cuello de aquellos restos humanos. La idea le pareció espantosa. Las palpitaciones se aceleraron y devino un infarto, ¿o fue porque ya no podía respirar? Como sea. Muerto, él también.

Un temblor, surgido del mismo infierno, sacudió la comarca entera. La tierra recién cavada cayó sobre la tumba hasta sellarla por completo. Ambos, Eugenio y Pablo, tragados hacia las profundidades de lo eterno, de la muerte sin retorno. Despuntó el alba y hubo paz en el cementerio.

Nadie en el pueblo supo, realmente, lo que pasó aquella noche. Algunos de los que vivían allí solían murmurar por lo bajo que no es cierto que no haya que temerles a los muertos; muy por el contrario, son capaces de cualquier cosa con tal de no yacer solos en sus tumbas. Sin compañía, su descanso no puede ser eterno.

Un consejo: Si los muertos te llaman en la noche, ¡no les haga caso!

© Federico G. Rudolph, 2012.

De amores y de locos

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Delirios, y alguno que otro cuento de terror

Delirios, y alguno que otro cuento de terror

Conoce los adelantos y los pormenores de mi última obra:

De amores y de locos.

Un libro que te hará estremecer. Cuentos cortos al mejor estilo de Edgard Allan Poe, H.P. Lovecrat, Stephen King,… con la marca original de Federico G. Rudolph. Relatos y pensamientos donde no faltará el humor, el terror, el misterio y algo de amor.

Con prólogo de Alexander Copperwhite.

Encuentra más información en mis nuevos títulos.

Miedo innecesario

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¿Puede la imaginación hacernos una mala jugada? Juan descubrirá justamente eso al regresar camino a su casa. La noche se presta a propósito para liberar la fantasía y dejar emerger los fantasmas más oscuros que puedan aterrar el alma humana.

Miedo, noche y monstruosEs increíble. Las cosas más inverosímiles se les ocurren a ciertas y determinadas personas cuando dejan vagar su imaginación. Juan era una de esas personas.

Todo sucedió mientras volvía del departamento de su novia, un domingo a las 3 de la mañana. Aprovechando que el lunes era feriado, había decidido quedarse hasta tarde.

Muchas veces, Juan, salía antes del taller y dejaba algún trabajo sin completar con tal de pasar más horas al lado de Juana. Cualquier excusa le era válida.

Caminaba despreocupado por el costado de la ruta marchando a paso lento desde “el centro”, donde vivía Juana —su enamorada—, hasta la residencia de sus padres, ubicada en el pueblo vecino, a unos 4 kilómetros de distancia (un poco más de media hora de caminata).

Era verano. La noche cerrada. Había realizado ese recorrido innumerable cantidad de veces. Por algún motivo, observó que el último tramo de la ruta —el kilómetro que le faltaba recorrer para llegar hasta su casa—, se encontraba sin luces.

Mientras caminaba, el calor y la humedad de aquellos labios —los de Juana— comenzaba a desvanecerse. Otras sensaciones lo embargaron y embriagaron, transportándolo de un sueño de amor, a otro muy distinto; siniestro y espeluznante. Dejó volar su imaginación. Un viento suave, apenas frío, se levantó desde el sur y se escurrió por su cuello —iba de remera de mangas cortas, vaqueros y zapatillas de lona—. Apuró el paso para no resfriarse.

Miró la hora en su celular y vio que faltaba poco para llegar hasta su casa; diez minutos o menos, quizás.

El tiempo pasó, y los minutos le parecieron horas.

“¿Qué está pasando?”, se preguntó.

Acostumbrado a ese trayecto, calculó que ya debería haber llegado a su casa. Algo raro estaba sucediendo.

A esa hora, sólo él transitaba por la ruta. Ni autos, ni nada.

“No entiendo”, se dijo a sí mismo, mientras seguía caminando.

En su cabeza, comenzaron a elucubrarse fantásticos motivos que explicaban su tardanza: ¿Se trataría de un extraño fenómeno de dilatación del tiempo? ¿Tétricas formas lo estarían conduciendo por un camino errado, con el deseo de perderlo en la locura? ¿Se habría dormido mientras caminaba? Tal, era la forma en que pensaba.

Fue entonces cuando sintió nuevamente el viento —ahora, helado— golpeando sobre su nuca. En medio de los soplidos, que empezaron a mecer las ramas de los árboles al costado de la ruta, creyó escuchar un ruido de pasos como acercándose hacia él a medida que avanzaba. De pronto, se detuvo. Giró, en seco sobre sus talones, y nada. Siguió su rumbo, determinado a no parar hasta llegar a su destino. Sin embargo, tres o cuatro veces tuvo que voltearse de nuevo; los pasos se escuchaban cada vez más cerca; se daba vuelta, nadie, nada.

Al pasar debajo de un sauce, sintió que una mano —de finos y largos dedos— lo tomaba del cuello, tironeándolo fuertemente hacia atrás. Quiso zafarse, no pudo. El temor, un temor espantoso, trepó hasta su mente. Un grito estremecedor salió de su garganta. Paralizado, no pudo huir ni atacar. Su corazón se detuvo. Un ardor insoportable le quemó por dentro. El pavor que sentía era tremendo, terrible, inhumano. Como último acto, se tomó del pecho y cayó fulminado.

Desde hacia varias semanas que su mente jugueteaba en su contra cada vez que volvía de lo Juana. Sentía que alguien —o algo— le perseguía. Imaginaba que algún día —esa cosa— terminaría por acercársele lo suficiente como para quitarle el aliento. La sombra de un ahorcado se le había aparecido la otra noche. Yendo para el trabajo, ya con la luz del día, constató que sólo se trataba de una rama de sauce rota, fruto de la última tormenta. El viernes, por ejemplo, creyó escuchar una voz profunda y áspera llamándolo por su nombre. Lo cierto es que nadie más caminaba a esas horas por la ruta. Al llegar a su casa, se reía de las cosas que pensaba.

El domingo, su imaginación —exacerbada como nunca—, le jugó la peor de las pasadas. Un soplo cardíaco sin tratar contribuyó al tremendo desenlace por venir —ocurrido hacía unos instantes.

El lunes nadie podría descubrir qué le había provocado aquel infarto. Juana, lloraba desconsolada.

Si Juan hubiera contado lo que le pasó, el pueblo entero se hubiera burlado de él. Convencido de sí, hubiera asegurado que un monstruo, salido del más horrible de los infiernos, le había perseguido, alcanzado, y arrastrado hacia el fuego eterno. Hubiera dicho que hizo todo lo posible para evitarlo, para no separarse de su amada. Hubiera contado que luchó hasta el último momento, pero que aquél demonio logro vencerlo… Pero claro, él estaba muerto, y era por demás obvio que aquello era imposible. Su miedo había sido infundado. Innecesario.

De habérselo preguntado a sus padres, a Juana, o a cualquier otro lugareño de por allí, su imaginación y su corazón nunca le hubieran traicionado. Juan, aún estaría vivo. Él no lo sabía; pero, en aquel pueblo, en aquella ciudad, los monstruos no tenían permitido deambular por el costado de la ruta…

© Federico G. Rudolph, 2012

El Mal reflejado

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Finalmente, ha llegado la hora. No me queda sino dejar constancia escrita de los hechos y las circunstancias que me llevan a tomar esta decisión tan terrible. Lo he sopesado profundamente una y otra vez casi hasta el infinito. No encuentro otra salida más decorosa para acabar de una vez por todas con esta situación que a lo largo de estos últimos seis meses se ha tornado completamente insostenible para mí y que, de continuar, haría que arrastrase conmigo a la persona por la que he llegado a sentir el mayor de los afectos, la mayor de las pasiones, en esta corta y tortuosa existencia: mi querida y amada Helena. He temido hablar con mis amigos y allegados sobre este tema que me ha aquejado profundamente durante todo este tiempo para evitar a toda costa el que intentaran detenerme. De ningún modo, ¡puedo permitírselos! En un principio, creí que no existía manera alguna de cambiar mi destino y que, de una u otra forma, me vería precipitado, inexorablemente, hacia los abismos más oscuros en los que un hombre, cualquiera, puede llegar a caer -presa de sus instintos-, al dejarse arrastrar por aquellos deseos profanos y prohibidos, que asolan el alma de todos nosotros, y de todo aquello que la sociedad pretende alejarnos, para -como decirlo- protegernos de sus consecuencias (por pecaminosos, nefastos y no menos vergonzoso y mezquinos); sobre todo, en mi caso, tratándose de un personaje público, tal y como lo he sido -o debería decir, como lo soy todavía.

Antes de relatarles lo sucedido, me veo en la obligación de aclararles que he leído innumerable cantidad de libros y cuanto material ha llegado a mi mano, tratando de buscar otra solución, menos dolorosa; pero, igualmente efectiva. Nada hallé. Ni siquiera un fragmento, una mención, una metáfora respecto del mal que asecha a mi puerta a toda hora y desde aquella noche, en la que le vi por primera vez, reflejado en la ventana de mi habitación -la única, de mi casa, que da a la calle- y que es parte de la mansión que -como todos ustedes saben- se halla ubicada en el centro de la ciudad, hogar de mi familia paterna desde hace por lo menos, cuatro o cinco generaciones atrás.

Retornando al hilo de mi historia, debo agregar que recorrí bibliotecas enteras en busca de aquella posible, probable, apetecida, nota que diera con el secreto para acabar con esta iniquidad, producto de lo que -si hoy tuviera que definirlo- pareciera una tontería o incluso una circunstancia completamente inverosímil, como yo mismo creí: un hecho imposible inventado por mi mente (alguna especie de alucinación o fantasía). Un fantasma demoníaco y tangible, hecho de mi propia carne y espíritu.

Al principio, no logré reconocerle, a pesar del familiar parecido con un tío por línea materna -o eso pensé- que solía vivir en los barrios bajos de la ciudad, muy venido a menos y que hubo perdido toda su fortuna debido a su manía por los juegos de azar y del que no supe más nada desde mi niñez. Cuando aquel personaje se presentó esa primera vez, reflejado en la ventana de mi cuarto -tal como lo dije- tardé un tiempo considerable en comprender que la semejanza que, yo, le atribuía tenía más de común conmigo mismo que con otros parientes de mi estirpe. En realidad, podría decirse que se trataba de un gemelo mío, un tanto encorvado, enjuto, y hasta algo feo -quizás, más bien, deforme- y siniestro. Aún así, no dejo de afirmar que se trataba de un simulador, un embaucador, ¡un despiadado imitador!, tratando de hacerse pasar por este humilde servidor suyo; utilizando su similar aspecto con mi persona para cometer las más atroces fechorías, mancillando mi figura (hasta ahora, intachable), quien nada ha tenido que ver con los crímenes perversos y sádicos que, él, ha cometido -varios robos, de los que he sabido, aborrecibles torturas y más de un cruel asesinato; los cuales se me atribuyen en su conjunto.

Su apariencia de un ser inferior, en figura y presencia, no era; sino, otro de sus inefables artificios; sin duda alguna, una forma cínica de burlarse de mí y de ocultar sus verdaderas intenciones hacia la sociedad. Señalo esto; pues, últimamente y con total desparpajo, se ha hecho pasar por quien les escribe sin notársele esa deformidad, ni desarreglo alguno, tan característicos suyos y de los que acabo de dejar constancia. Muy por el contrario, en nada se diferencia de mí, ni siquiera en su mirada.

De esta forma –aparentando lo que no era-, se ha reído por completo de aquel al que pretende reemplazar; mientras, bajo la protección de las sombras de la noche, ha desatado –hasta hoy, ¡ya no más!- su furia y malevolencia descontroladas, cargándome con sus crímenes. La policía está a mi puerta y antes de que atraviesen el umbral –cuando logren derribarla-, habré de dar fin a mi vida. Intuyo que la existencia de este extraño ser está ligada firmemente a la mía, y que la única manera de acabar con sus diabólicos planes es a través de mi propia muerte. Por ello, confío que comprenderán la razón por la cual he bebido del veneno que habrá de acabar con mis desgracias (impidiendo otras) y que detendrá esta serie de asaltos y asesinatos sin sentido que asolan a nuestra ciudad en estos fatídicos días y desde hace unos meses –tal como he relatado.

Por un momento, consideré la posibilidad de imitar a mi imitador y ceder ante los mismos e inmorales actos que, él, había cometido. Una forma de aceptar mi condena y responsabilizarme por sus fechorías. No pude hacerlo. Él, lo supo. De alguna manera, su mente está conectada intrínsecamente a la mía y es capaz de leer hasta el más profundo de mis pensamientos. Es así que me invitó una noche para que lo acompañara mientras disfrutaba en el intento de violar a una muchacha a la cual llevó con artilugios  hasta un hotel cercano donde había alquilado temporalmente una habitación, mientras yo miraba impávido desde fuera sin atreverme a ingresar a la escena de semejante maldad. Por supuesto, cuando salí de mi estupor traté de impedírselo. La joven -que no pasaría de los diecinueve años de edad- creyó que yo era su cómplice. En la confusión, logró zafar de su atacante, no sin antes dejarme la marca de sus uñas en la mejilla en su intento por huir de allí. Sin lugar a dudas, ella ha sido quien me ha denunciado ante la justicia. Positivamente, este acontecimiento, me ha servido para descubrir su secreto -el de mi “alter ego”-: Su rostro fue marcado al igual que el mío.

Al haberlo descubierto, temo porque, ahora, su objetivo no sea otro que ocupar cada espacio de mi vida y reemplazarme definitivamente. De no ser así, temo, por igual, que su objetivo sea llegar hasta mi amada –mi tesoro más preciado-, aprovecharse de ella e infringirle el mayor de los daños, cargándome con sus culpas y responsabilizándome de todas sus acciones.

No he de perder tiempo. Mientras espero el inminente desenlace -que yo mismo me he procurado-, no dejo de pensar por qué no se ha  presentado para impedírmelo. ¿Acaso se ha cansado de esta licenciosa existencia? ¿O será que no me ha creído capaz de beber de la pócima que he preparado? ¿Estará, el veneno, haciendo efecto en su organismo al igual que en el mío? Ya comienzo a sentir como recorre mis venas y como mis músculos comienzan a contraerse y retorcerse. El intenso y agudo dolor en mi vientre, que me obliga a arrojarme al suelo y a adoptar una posición casi fetal -sin embargo-, me sabe como la miel de los dioses al saber que enviaré a los infiernos al propio Satán… Comienza a nublárseme la vista y ya casi ni escucho los golpes de la autoridad contra la puerta, ni los reclamos de los vecinos que comienzan a agolparse al frente de mi vivienda. -¡Asesino! -gritan desde fuera-. Con mi último aliento (la pluma ha resbalado de mi mano, hace rato), escucho entre la multitud una voz conocida, extrañamente conocida -¿quizás la mía?- que enciende aún más la furia de la gente y mi propia furia, para el desconsuelo y la desesperación de mi alma por toda la eternidad: -¡Atrápenlo! ¡Que se haga justicia! ¡Ha matado a su prometida!… 

© Federico G. Rudolph, 2011

La Casa

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Desde niño me provocó miedo su cercanía, el recorte de su silueta sobre las paredes de las otras casas durante las últimas horas de la tarde, sus muros enmohecidos, sus ventanas sangrantes de óxido y vieja pintura roja, su chimenea amenazante, sus vidrios opacos, deslucidos (alguno que otro roto), su abandono de años. Una vez traté de sacarme ese miedo primordial que estremecía mi ser desde la punta de mis pies, hasta la parte alta de mi nuca, donde se me erizaba el cabello. Un incierto y profundo terror que aumentaba incesantemente a medida que me acercaba al terreno donde se erigía La Casa. Fue, pasando mis diecinueve años de edad (la edad en la que uno pierde muchos de sus miedos), que me atreví a desafiarla. Me armé de valor y cruce el cerco, allí, por donde no crecía mata ni arbusto alguno. Inconcientemente, levanté un ladrillo, caído junto a la puerta de madera marrón, desvencijada, carcomida por todas partes. Tomé aire unos segundos y deposité por un momento el ladrillo en el suelo. Empujé la puerta con todas mis fuerzas; abriéndola de par en par recién al tercer intento, como si algo no quisiera que yo entrara. A pesar del dolor en el hombro izquierdo, debido a la magulladura que sufrí al intentar derribarla, decidí continuar adelante y enfrentar mi miedo más temible. Recogí nuevamente el ladrillo y atravesé el dintel… Una fuerza sobrehumana me empujó hacia el exterior. Antes de caer, otra o la misma fuerza, me arrastró nuevamente hacia adentro, hacia la absoluta, tenebrosa, oscuridad de La Casa. Una boca enorme, plagada de miles de dientes puntiagudos y putrefactos, se abrió inconmensurable dispuesta a devorarme sin piedad. Comencé a golpear a todas partes con el ladrillo. Al final, lo arrojé en medio de aquellas siniestras fauces. Sólo tuve un segundo para zafarme y huir de aquella estancia maldita, evidentemente y alguna vez –o aún hoy-, morada de seres inhumanos, innombrables, imperecederos, inmortales, aterradores, anteriores a todo lo conocido… No he vuelto a acercarme a aquel demoníaco lugar, y eso que han pasado años desde aquel horrible encuentro. Tampoco he de volver a acercarme. Recuerdo muy bien que La Casa me habló desde lo más profundo de aquella oscura y espantosa boca y lo que dijo resuena y seguirá resonando por siempre en mis oídos: -¡Soy el terror! -me dijo-. Y le creí. Aún hoy lo sigo creyendo. Y moriré con ese terror en mis oídos. Un sonido que nadie podrá apagar, ¡jamás!, escondido en mi mente, mi carne y en cada uno de mis otros sentidos…

© Federico G. Rudolph, 2011

Callejón

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Existe en cada callejón no iluminado un pasaje hacia otros mundos (infrahumanos, antiguos, primordiales), donde el terror emerge sin consideración; sobresaltando a quienes se atreve a pasar por ellos. Es en la oscuridad donde se abren los portales que unen nuestra dimensión con los reinos de los dioses que forjaron la tierra y los océanos, antes de todo lo concebido. Así es que, a nadie le gusta atravesarlos…

© Federico G. Rudolph, 2011

Foresta

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Es difícil explicar lo ocurrido ese viernes por la noche. Acababa de salir del café —“Arrakis”, creo (como la estrella)—, e intenté, en vano, tomar un taxi hasta mi casa —llovía a cantaros y no había, ni uno, por allí—. Los teléfonos no funcionaban.

Al final, me fui a pie —los autos me empaparon—. Caminé unas 20 cuadras. Estaba oscuro y casi ni podía ver la calle. Los edificios, y las luces, comenzaron a desdibujarse —creo que me desmayé.

Lo que sucedió, después, está lleno de huecos e imágenes un tanto inverosímiles para algunos —la policía asegura que lo inventé—. Yo, no puedo afirmar que no sea cierto —es lo que recuerdo—. Quizás,… ¡quizás, lo aluciné todo! No lo sé —¡le juro que no bebí!…

. . .

…No puedo decir cuánto tiempo estuve inconciente; pero, cuando volví en mí, aún era de noche, o puede que estuviera por amanecer —eso supongo.
Desperté en medio de un bosque —como usted sabe, no hay ninguno cerca.
Una extraña brisa soplaba entre los árboles. Sólo se distinguían algunos tonos oscuros (verdes, marrones y azules). No había estrellas; sin embargo, una rara y tenue luz iluminaba la foresta —muy escasamente, claro.

Sentí una presencia, o varias —debo decir—. Algo, se abalanzó sobre mí. Un frío de hielo atravesó mi cuerpo de lado a lado y se alejó de pronto. No sé que era. Me apoderó el espanto. Quise huir. No sentía mis pies. No fue hasta entonces que me di cuenta: Creí flotar, estando amarrado al suelo con cadenas (ambas cosas al mismo tiempo) —como en un sueño.

Grotescas figuras comenzaron a acercarse y a danzar a mí alrededor. Cada vez más cerca. Quise apartarlas —sólo atiné a mover un poco los brazos de manera desordenada—. No pude ni puedo determinar cuántas eran. No sé si cantaban o si reían. No sé si era una especie de rito lo que presencié. Tampoco, si se trataba de un conjuro ininteligible lo que salía de sus bocas —no recuerdo sus bocas—. Nunca alcancé a ver por completo sus rostros, ni las formas de aquellas sombrías criaturas —no en detalle, al menos.

Los sonidos que emitían lo ocuparon todo. Entré en una especie de trance. Ya no era dueño de mi cuerpo,… ni de mis pensamientos…

. . .

…Nunca probé droga alguna; pero, creo que me sentía así —como drogado.
La cabeza me daba vueltas. Comencé a balbucear frases incomprensibles. Una mezcla de griego y latín —o al menos eso me pareció— con algún lenguaje vulgar, e igualmente antiguo (sajón, tal vez). No sé mucho sobre idiomas ―nada más, me guío por lo que he visto en las películas.

Un extraño sopor me invadió por el transcurso de una hora, o más —eso intuyo—. Sin duda, algo macabro estaba sucediendo y yo había sido elegido para ser parte de ello.

Entre la muchedumbre de aquellos satánicos engendros, un oscuro personaje se destacaba del resto —de su cabeza asomaban ramas—. Me recordó a un macho cabrío —de esos dibujados en los libros de magia negra—. En algún momento, dijo una frase y todos callaron al unísono. Me volví a desvanecer…

. . .

…Como souvenir, sólo tengo esta marca en mi brazo —la ve, ¿verdad? ¿Y usted?—: Este pentágono con esas inscripciones zodiacales —o eso, me parecen.
Así es… ¡He sido marcado por el mismo Diablo! —no son patrañas lo que digo―. Ustedes, no estuvieron allí —no estoy loco—. Tampoco recuerdo haber asesinado a nadie —ignoro por qué mis ropas y mis manos estaban manchadas de sangre cuando desperté—. Es todo lo que tengo para contarles —sólo quiero volver a mi casa—. ¡Yo, no pertenezco aquí, Doctor! ¡Le suplico! ¡Déjeme ir! ¡Déjeme ir!…

. . .

—¡Increíble! Un típico caso donde la mente se ha vuelto completamente desquiciada. El paciente es incapaz de distinguir la fantasía de la realidad. Le faltó mencionar a las hadas y a los duendes para completar el cuadro. ¿Usted que cree?
—¡Salvaje! ¡No entiendo como una persona puede terminar así! Respecto de su esposa: dicen que su cuerpo estaba regado por el patio de su casa y que había sangre por todas partes.
—Es lo que digo: ¡Loco! ¡Completamente loco!
—Es verdad… Aún así…
—¡Cierto! Lo de este pobre infeliz no es; sino, una verdadera tragedia …
—¡No, no, no! Me refiero a un caso muy similar ocurrido veinte años atrás. El hombre se suicidó.
—Por eso, le digo. Tragedia, una verdadera tragedia… Los sacrificios rituales, ya no son lo de antes. Demasiados prejuicios hacen más vulnerables a nuestras victimas. Deberíamos utilizar niños, como en el pasado. A propósito, ¿a qué hora es el partido de fútbol?
—Como a las 22:30hs. ¿Lo veo en el bar de siempre?
—¡Por supuesto! En “Arrakis”,… como siempre.

© Federico G. Rudolph, 2010