Ciencia ficción

Cuentos poco conocidos Vol.I

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Ya podés descargar “Cuentos poco conocidos Vol. I” ¡GRATIS! desde la página de Bubok . Siete que ya conocés, más dos nuevos relatos para disfrutar: “Corazón de Piedra” y “El Destino en una Mirada”. De yapa, una breve presentación para conocer más sobre el Autor y su Obra. Encontrálo también en Bubok.es, Bubok.co y Bubok.com.mx.

Problema de comunicación

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Para los habitantes de un planeta puede llegar a ser todo un problema desconocer el lenguaje, las ideas y sobretodo, la idiosincrasia de un lugar que poco frecuentan. Exactamente, lo que les pasó a estos viajantes estelares…

Ciencia ficción—Mxqln, ¿cómo es posible que los nativos se enojaran de esa forma? —preguntó el oficial de la cuadrilla estelar en misión de reconocimiento a su interlocutor.

—No sé que ha pasado. Creo que tuvimos un problema de comunicación —le respondió, muy convencido, Qrxprss (los nombres eran impronunciables en nuestra lengua).

Mxqln —que sonaría algo así como Mexcalin, pero mucho más gutural o, incluso, nasal—, era el encargado de ubicar mundos donde las condiciones de vida existentes hubieran cambiado desde la última vez que pasara la cuadrilla de exploradores-recolectores. No se trataba de una raza de científicos, ni tampoco de militares. Simplemente, eran un grupo de comerciantes dispuestos a llevar sus preciados, exquisitos y únicos productos a donde ellos consideraban que serían bien recibidos —para decirlo de alguna manera, se encargaban de reponer el stock faltante en los planetas que visitaban.

Hacía algunas semanas, habían ubicado un mundo en el exterior de la galaxia QRTCVLRRT —código que le correspondía según el Catálogo Interespacial—, fichado bajo el número ..___…—— (sí, los números eran igual de impronunciables). El faro que orbitaba el planeta, desde hacía aproximadamente unos 65 millones de años atrás (en términos nuestros; porque para ellos, acostumbrados a viajar a velocidades cercanas a la luz, había pasado mucho menos que eso), y que dejaran allí a propósito hace mucho más, les envió un mensaje codificado indicando que existía un faltante de la mercadería que su carguero transportaba, justo, en ese momento.

Puesto que se encontraban en las cercanías —a apenas a un parsec de distancia (lo que para ellos constituía una nimiedad)—, decidieron darse una vuelta por allí; enviar una misión de exploración; descender con el embajador de turno y entablar comercio con los habitantes actuales.

El secreto de su éxito consistía en —una vez localizado un nuevo planeta— capturar todo tipo de seres vivos (plantas, animales, organismos unicelulares y cosas así), para luego transportarlos y conservarlos intactos en sus naves-bodega, de forma de venderlos cuando el producto escaseara en el planeta de origen.

Si pudiéramos comparar con algo aquella civilización, y la carga que llevaban, su flota era lo más parecido que pudiera existir a un Arca de Noé —Noé incluido.

¿A qué se debía la charla en que se habían enfrascado nuestros dos queridos amigos? Pues, a que había fallado por completo la venta que pensaban realizar. Necesitaban entender qué la había impedido.

Por primera vez —en cientos de miles de millones de años desde que su raza se dedicara al comercio exterior—, tuvieron que salir huyendo —con todo su bagaje a cuestas—, antes de cerrar trato alguno, perseguidos por los naturales de aquel perdido planeta, quienes se alzaron indignados contra nuestros visitantes —en apariencia, y debido a la propuesta que, Qrxprss, les acababa de realizar.

El problema surgió cuando, Qrxprss —embajador-comerciante designado de la flota—, trató de mostrar a sus anfitriones “la mercadería” que llevaban a bordo del carguero estelar, a modo de adelanto—cosa habitual en toda negociación en potencia.

Luego de descender su nave en medio de una acaudalada metrópoli —viendo que aquellas personas lo recibieran entre vítores, aplausos y con toda la pompa—, consideró, sin duda, alguna, que la presente sería una verdadera oportunidad de venta (una muy, muy, importante); o eso creyó.

Por lo que pudo entender, la especie anterior con la que solían comerciar los xtrlns —no, no voy a explicarles como se pronunciaba el nombre de su raza—, o bien había dejado de existir hacía milenios, o bien había sido conquistada por estos nuevos individuos que ahora dominaban el planeta.

Como sea, necesitaba entablar de inmediato una relación comercial con ellos.

Todo empezó bien. Al principio, lo recibieron con los brazos abiertos. Nuestro visitante, hasta llegó a cenar con la comitiva que le acompañaba a todas partes desde su llegada.

En medio de la comilona, un distinguido personaje —el que, juzgó, sería el gobernante de la ciudad— le entregó algunos presentes y lo invitó, luego de un buen rato, a que se diera a conocer y que explicara el honor de tan considerada visita; circunstancia que el recién llegado aprovechó como pie para ofrecer sus productos.

Ni bien le pidió a su propia gente que le trajeran uno de los productos de muestra, todos —incluido, y en primer lugar, el posiblemente gobernador de la ciudad—, se pusieron a discutir con él y a decirle todo tipo de cosas —irrepetibles, debo decir, por una cuestión de educación.

Qrxprss, no entendió que estaba pasando y no tuvo mejor idea que mostrarles a aquel enardecido público, otro de sus selectos y valiosos objetos para la venta, tratando de aplacar a la muchedumbre, que ya se empezaba a agolpar a  su alrededor —con las peores intenciones, debo decir—. El resultado fue desastroso: tuvo que salir huyendo de allí.

Lo que había pasado no era para nada difícil de explicar —aunque los xtrlns nunca lo supieron—. El planeta al que acaban de visitar no era otro que la Tierra. Los habitantes del planeta no eran otros que los humanos. Y la mercadería que Qrxprss trató de ofrecerles, no era otra que un tiranosaurio Rex —supuestamente en extinción—, muy vivito y coleando, que aterró al público presente. Lo segundo fue una cepa de un virus desaparecido hacía millones de años atrás, que los humanos habían podido descubrir hacía muy poco y que había causado la extinción de muchísimas especies terráqueas.

Después de todo, Qrxprss, tuvo razón. Ante semejante amenaza potencial, ¿quién no se saldría por completo fuera de sí? Sin lugar a dudas, la infructuosa venta,  y el tener que huir precipitadamente, fueron debido a un problema de comunicación.

© Federico G. Rudolph, 2012

Inocente azul

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Un cuento corto de ciencia ficción sobre la inocencia.

BosqueUna intensa luz atravesó los cielos y fue a caer en el parque, detrás de los frondosos árboles que impedían seguir el desenlace de aquel colosal espectáculo.

El formidable estruendo casi la deja sorda al chocar contra la tierra. La niña, asustada, se bajó de su columpio; tomó con fuerza entre sus brazos la muñeca y el libro de cuentos que había dejado sobre la hierba, y corrió lo más rápido que pudo hasta el lugar del impacto.

Allí estaba: un extraño ser saliendo de una cápsula más extraña, aún; arrastrándose, moribundo, con heridas cortantes por todas partes. Una brillante sangre azul salía de los cortes en su cara.

Ella fue raudamente a su encuentro. “¡Que feo príncipe!”, exclamó al verlo más de cerca.
Dio media vuelta y se volvió a casa de sus padres, tan rápido como había llegado, a contarles cuanto había pasado.

© Federico G. Rudolph, 2012

Excelso y trágico final para una obra de Teatro

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El Profesor -que tendría unos sesenta años de edad, pelo cano y un suelto andar- bajó por las escaleras que daban a su bien equipado, pero poco moderno, laboratorio. Se acercó hasta la mesa ubicada en un rincón, se colocó su guardapolvo blanco, y gastado -aquel que usaba todos los días cada vez que descendía a esa parte del edificio, donde pretendía vivir-, escogió unos flamantes guantes de goma que calzó perfectamente en sus manos y se puso unas viejas antiparras para protegerse los ojos. Así vestido, se acercó hasta la máquina ubicada en el centro de la escena (mal iluminada). Constató que todo estuviera en orden,  anotó cifras, apretó botones, se escucharon una serie de “clicks” y, finalmente, bajó la palanca de encendido de aquel extraño aparato.

El disruptor cuántico se puso en funcionamiento y las luces comenzaron a parpadear cada vez más rápido. Un halo, de todos los colores del arco iris, rodeó a nuestro personaje. Sobre las paredes se proyectaron -al azar- las sombras de sus anteriores experimentos -desperdigados por el suelo, por la mesa y en un par de estantes ubicados allí, a propósito.

En menos de un minuto, todo se volvió intensamente blanco. La luz, que emanaba del artilugio, invadió casi todos los espacios imaginables. Se alcanzó a oír un ruido como a chispas y, tanto la máquina como el Profesor, desaparecieron del lugar en medio de la oscuridad, ahora, reinante… Enseguida, alguien bajó el telón mientras el público aplaudía con fervor y verdadero entusiasmo. El artista no volvió a salir -como es costumbre-. Igual, nadie lo esperó. El Teatro quedó vació en menos de lo que canta un gallo.

En efecto, se trataba del final de la  Obra “El viajero cuántico” -de poca monta, debo decir-, que concluía siempre con el desvanecimiento del Profesor y su máquina, y que se venía repitiendo cada fin de semana -desde hacía por lo menos un año- en las instalaciones del viejo Cine del barrio de Chinatown, convertido en un lúgubre Café de día y cutre Teatro de noche. No era muy difícil llegar hasta allí, queda al final de la calle Ritchmon -que como todos ustedes saben, baja hasta el contaminado Río Tenesse de nuestra ciudad-. El gastado empedrado daba clara nota de la dejadez de las gentes que vivían en la cuadra –los barrios siempre son así, un reflejo de quienes los habitan-, famosa por la cantidad de borrachos que dormían tirados en las angostas veredas; aunque, ninguno acostumbraba a molestar a los transeúntes que se dirigían hasta el lugar para tomar algo por las mañanas y las tardes o ver los espectáculos que se ofrecían por las noches -excepto porque estorbaban un poco el paso.

Cabe afirmarque el acto no atraía mucho público. La verdad que no eran más de veinte personas las que lo presenciaron esa noche -la última, que yo recuerde-. Así y todo, fue la mejor de las noches. Y -como dije-, el actor principal de la obra -el único, en realidad- no volvió a aparecer sobre las tablas una vez finalizada. Es más, nunca volvió a aparecer por ningún lado.

Otro, al que tampoco se lo volvió a ver, fue el utilero. Encargado del decorado, de armar y desarmar el entarimado, de asegurar y crear los distintos efectos con las luces y de construir todo lo que habría de verse o utilizarse encima del escenario.

Una vez se bajó el telón, ambos, desaparecieron sin dejar rastro.

¿Los perseguiría algún acreedor o mafioso –dirán ustedes- y tuvieron que salir corriendo sin tener tiempo de despedirse del público? ¿Algún asesino se presentó tras bambalinas y dio fin a ambos –estarán pensando-? ¿El utilero era un criminal famoso y, finalizado el acto, mató al actor y ocultó su cuerpo para escapar rápidamente o para esconderse sin ser visto en alguna parte oculta del edificio hasta que fuera menester salir –se estarán preguntando-? ¿Se volvería cada uno a su casa apurado por alguna circunstancia –coincidentemente, en el mismo momento que acabó la obra- para luego ausentarse los dos de la ciudad, vaya uno a saber por qué?… Preguntas que, seguro, se harán muchos de los que leen este relato… Pues, me temo que no. Cientos de hipótesis como estas trataban de descubrir lo sucedido,… sin éxito. La policía se presentó al otro día a primera hora, ante la llamada que le hiciera el productor de la obra y dueño del edificio. No fue por caridad que acudió a las autoridades y que dio aviso de tan incomprendido suceso; sino que, ambos (utilero y artista) representaban para él una buena parte de sus ingresos semanales y no le caía en gracia quedarse sin aquel espectáculo, que si bien no era muy popular, contribuía sustancialmente a su economía.

Al igual que con cualquier otro misterio no resuelto, sin pruebas ni motivos que lo justificaran, rápidamente, se abandonó la búsqueda y no se habló más del caso.

Qué pasó, entonces –me dirán-. ¡Nada más lógico!, la explicación es muy simple: Ante la poca concurrencia del público a la Obra, el utilero no tuvo mejor idea que construir un modelo más creíble de lo que simulaba ser una máquina cuántica, que sirviera para causar un gran asombro e impacto -logrando que la gente regresara a ver la función y favoreciendo la opinión de los críticos de espectáculos-. Para ello, consiguió un extenso texto –con dibujos, planos y todo- donde se explicaba como armarla. Como no pagó mucho por el libro –y como era de segunda mano y estaba escrito a máquina-, ni se molestó en verificar si se trataba de un ingenio real o ficticio –a estas alturas, se habrán dado cuenta que este tipo de artilugios no son posibles en realidad (¡ni cuernos sé!, qué significado tiene el término “viajero cuántico”, que no es sino una referencia indirecta a esta máquina) y que el utilero no hizo más que servirse de las notas del autor y los dibujos que las acompañaban para fabricar algo bastante parecido con el sólo efecto de contribuir a la Obra de Teatro y causar una mejor impresión en el público. Bastante ingenioso, el hombre, decidió incorporar algunas ideas que revoloteaban en su cabeza en ese momento y hacer que el mencionado artefacto pareciera lo más real posible… ¡Y lo logró! Tal es así que el Profesor, se convirtió en la primera persona en usar este inconcebible medio de transporte –si así puede llamarse-. Sus moléculas se disgregaron y no puedo ni decir a donde fueron a parar -mejor, ¡ni pensarlo!-. Lo mismo que temió el utilero, y por lo cual, huyó cobardemente de la ciudad para no ser localizado nunca más, apenas terminó la función de Teatro.

¡De no ser porque mi cuerpo está como esparcido por todas partes y todavía no logro controlarlo, iría tras él y le daría la paliza de su vida por hacerse el ingenioso y mandarme a viajar en forma de corpúsculos de luz! ¿A dónde diablos se supone que vaya un viajero cuántico? Eso sí, esto de desplazarse en las cuatro dimensiones físicas, no me lo creerían si les cuento: Es, sencillamente, ¡fantástico!

© Federico G. Rudolph, 2011